historias / Reportajes
El gol que costó un muerto
Alberto Salcedo Ramos
 
  
   

1. “ESE GOL VINO DE ARRIBA, SE LO ASEGURO”

William Fajardo jamás imaginó que aquella broma suya de salirse del arco
para imitar a René Higuita, su ídolo, fuera a terminar en una tragedia.

Al principio, hubo risas y aplausos.  El partido entre su equipo, Los Locos del Dos,
y  La Isla, iba empatado a un gol,  como estaba convenido. Ambos conjuntos,
con tal de no romper la tramposa paridad, habían renunciado en forma descarada a atacar. Así que el gesto de Fajardo fue recibido con gratitud por los aburridos espectadores. Faltaba menos de un minuto para que concluyera el encuentro.

Después de eludir a un contrario, Fajardo le pegó a la pelota un puntapié bárbaro,  con el propósito de perderla entre las nubes y que no hubiera tiempo de encontrarla antes de que el árbitro decretara el final del partido.
 
Fajardo vio con horror cómo la pelota, en vez de disputarle el cielo a los pájaros, salió como una envenenada flecha rastrera, pasó por entre las piernas de dos adversarios, le pegó en el tobillo a un tercero, y finalmente se metió en el arco de enfrente, ante el júbilo del público y las miradas de reproche de todos los rivales y de algunos de sus propios compañeros.  

Pálido, Fajardo ni siquiera tuvo ánimo para celebrar lo que todo el mundo en las tribunas festejaba a carcajadas. Por el contrario,  deseó con toda su alma que se lo tragara la tierra, consciente de que los perdedores no le creerían  que su gol fue accidental.

Antes de que la pelota volviera al centro de la cancha para reanudar las acciones, el árbitro dio el pitazo final y William Fajardo, aturdido por la dinámica atroz de la fatalidad, supo que habría ajuste de cuentas.  

-- Hacer un gol en esos arcos de micro fútbol es bien difícil --  dice Fajardo hoy, ocho años después de su infortunio --. Tan difícil que yo no recuerdo un partido en el que se hayan metido más de dos goles.

En seguida, me explica que en la Comuna Nororiental de Medellín les dicen huecos  a los arcos de micro fútbol – que tienen un metro de ancho --  y  huequeros a los encargados de protegerlos.
 
-- Para hacer un gol en un hueco de esos, uno tiene que estar muy salado. Esa ha sido la única vez que un portero ha metido un gol en el campeonato de micro fútbol de la comuna. Un gol que vino de arriba, se lo aseguro.

Aquella noche del mes de noviembre de 1989, muchas personas  rodearon a Fajardo para felicitarlo, pero él se abrió paso como pudo hasta donde se encontraba el director técnico del otro equipo, para explicarle que su gol había sido una perrada del destino.  El director técnico le dijo que si el destino fue el autor del gol, el destino tendría que responder por haber eliminado a sus muchachos de la semifinal.

Fajardo había andado en el sector lo suficiente para saber que allí nadie amenazaba en vano.  Desde los 10 años, cuando su padre se marchó, se graduó de hombre. Era el que vendía arepas, limones y tostadas, para ayudar a su madre. Se había defendido con coraje de las agresiones de los vendedores adultos y de los atracadores del barrio Zamora.

Cuando fue adolescente, se ganó, a la brava, un espacio entre los comerciantes de bazuco. Así que nada de lo que oyera o viera ahora, a los 23 años, podía tomarlo por sorpresa a él, que había oído, visto y vivido de todo.

En este caso, su olfato de hombre avisado le indicó que su gol accidental costaría por lo menos un cadáver. Siendo así, pensó al vuelo, lo que hay que buscar es que el muerto sea otro. Pero no dijo nada, sino que giró el cuerpo para ir a su casa a prepararse para esta nueva guerra. Eran las ocho de la noche.

Ya se marchaba cuando uno de los futbolistas derrotados,  a quien llamaban por el mote de El Picao, le cerró el camino en actitud retadora y le pegó una patadita camorrera en la espinilla.

En ese momento aún no imaginaba que su gol, absolutamente involuntario, iba a cambiarle la vida de manera tan dramática. La maldición estaba echada. En adelante, las tres letras de la palabra gol serían como el prefijo de su desgracia.

-- El nombre de ese fulano era Henry -- recuerda Fajardo --. El apellido se me escapa en este momento. Me acuerdo como si fuera ayer del insulto que me
echó en la cara. Me dijo : “gonorrea hijueputa, nos dañaste la clasificación”.

Y ahí mismo, pum, me dio un puño en la cara y me mandó al suelo. Ni siquiera me había levantado y el tipo seguía insultándome. Me decía : “perro malparido : cuídate, que te voy a matar”.  

Ese día agaché la cabeza, porque llevaba las de perder. Y si algo aprendí yo desde niño es que uno no pelea para perder sino para ganar. Me limpié la sangre de la boca y lo único que le dije fue esto : “tranquilo, mijo, que yo no mato ni una mosca”.




2. “MATAR NO ES UNA TÓMBOLA BAILABLE”


En el barrio Lovaina, donde vive escondido desde finales de 1989, encontramos a William Fajardo, más conocido como El chifis.

Estaba dentro de una tienda de la calle principal, sentado en el rincón de la derecha, como nos lo había anunciado por teléfono. El productor de televisión antioqueño Rodrigo Isaza, quien me acompañaba,  me dijo que con  El chifis como guía, podíamos realizar, sin contratiempos, la crónica que íbamos a hacer en Lovaina, el legendario barrio de travestidos y prostitutas,  en el cual el pintor Fernando Botero había forjado gran parte de su obra inicial.

Más por prevención que por cortesía, El chifis se levantó de la silla apenas nos vio. Desde antes de saludarlo, le di un vistazo de pies a cabeza : es un hombre de bajísima estatura. Tan bajo que supuse que era un adolescente necio que, a escondidas de sus padres, se desempeñaba como mensajero de las prostitutas veteranas.

Tenía puesta una cachucha del ratón Mickey. Eso, más la botella de gaseosa que se estaba empinando cuando llegamos y que todavía mantenía en la mano izquierda, acentuaba su aire infantil.

Nos saludó de manera muy simpática y en seguida fue al grano.
-- Si va a mostrar a Lovaina por la televisión – dijo -- tenga en cuenta que en Lovaina no solamente hay putas y maricas.  Aquí también tenemos los mejores lavaderos de carro de Medellín y un cementerio que quizás es el más importante de toda Colombia. 

Le pregunté porqué, según él, el cementerio del barrio era el más importante del país. 
-- Bueno, es un cementerio muy bonito. Ahí está enterrada la gente más pesada de Medellín.

El chifis  tapó la botella de gaseosa, que apenas iba por la mitad, y le pidió al tendero que se la guardara en el enfriador. De nuevo, se dirigió al periodista. 
-- Si quiere lo llevo en seguida para que conozca el cementerio. Vea, ahí están las bóvedas de los hermanos Muñoz Mosquera, que eran como siete manes que le trabajaban a Pablo Escobar y fueron cayendo de uno en uno. ¡Esas sí son tumbas finas, viejo ! Y los deudos las mantienen con flores y con música.

Mientras caminábamos hacia el cementerio, Fajardo soltó un monólogo espontáneo sobre su propia vida. Nos dijo que le habría gustado ser presentador de televisión, pero que desgraciadamente no concluyó la educación primaria. Luego quiso que le dijéramos si el periodismo es difícil y nos contó que su verdadera vocación es el fútbol y que se crió en el barrio Zamora, al lado de jugadores que llegaron a ser muy destacados, como Rubén y Libardo Vélez,  Oscar El Galea Galeano, El Chomo Cadavid y Leonel Alvarez. De este último nos dijo que merece haber llegado adonde llegó, ya que desde pequeño mostró que sería un hombre luchador y correcto.  

-- Ese man es 10 puntos -- dijo El chifis, con un brillo de alegría en los ojos --. Tanta plata que ha ganado Leonel y toda la fama que ha tenido en la Selección Colombia, y nunca se le han subido los humos a la cabeza, sino que ha seguido yendo al barrio para  ver a su gallada.  

Exponiéndose a que le pase algo malo, porque no hay que echarse mentiras : cuando el que se fue pobre regresa rico, más de uno se cabrea. Con todo lo buena gente que es Leonel, un día, en el barrio,  le cogieron un Toyota rojo y se lo levantaron a piedras. Y, sin embargo, el man se tragó la ofensa y ha seguido yendo a Zamora. Es un varón ciento por ciento.

Cuando llegamos al cementerio, Fajardo nos condujo directamente a las bóvedas de los hermanos Muñoz Mosquera. Había muchas rosas rojas, en efecto, y sonaba una música suave. El ver, juntos, los cadáveres de casi toda una familia eliminada por métodos violentos, resultaba inquietante. Pero lo más conmovedor eran las palabras de amor que la madre había colocado en el panteón de quienes, en vida, fueron reseñados como sicarios de la peor calaña. 

-- ¿Sí se pilla, hermano, que son unas tumbas elegantes ? -- me preguntó El chifis --. Aquí viene mucha gente a conocerlas. 

Otro detalle que resultaba impactante era que al lado de las lápidas, como un muerto más de la familia, estaba una fotografía a color de Dandennys Muñoz Mosquera, conocido con el alias de La Quica,  preso en Estados Unidos desde 1992.

-- Cualquiera sabe -- explicó El chifis --  que un condenado en Estados Unidos es un finado más, alguien al que nunca más se volverá a ver.  Pablo Escobar siempre dijo que prefería una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos. 

Luego suspiró, trascendental, y soltó una retahíla inspirada :
-- Hoy venimos a ver a los muertos. Mañana los vivos nos vendrán a ver a nosotros. De ese hueco no se salva nadie.  Lo único que dejamos es una plaquita con el nombre. Todo el que viene a los cementerios lo hace para ver un adelanto del fin de la película.  Para ver cómo lucen los que ya llegaron allá.

En el cementerio de Lovaina también están los mausoleos del ex presidente de Colombia, Carlos E. Restrepo ; del escritor Jorge Isaacs y del fundador del periódico El Espectador, Fidel Cano. Sin embargo, en el tour organizado por El chifis, el tiempo ante estas tumbas que podríamos llamar notables,  fue mínimo.


Y a diferencia de cuando estábamos en el panteón de los hermanos Muñoz Mosquera, acá Fajardo no se expresaba con la soltura de un experimentado guía turístico de la muerte, sino que nos preguntaba a nosotros, a Rodrigo y a mí, sobre la vida de estos personajes y las razones de su deceso. 

Ya íbamos a salir del cementerio cuando William Fajardo se detuvo ante una sepultura. Dijo que pertenecía a un hombre que él había conocido.

--  Yo perdí la cuenta de la gente que he visto morir. Creo que en todo Medellín no hay nadie que no tenga un finado entre su familia o entre sus amigos.  Y  lo peor es que uno sabe que ha habido muchas muertes bobas, de esas que  uno va a ver y resulta que no fueron provocadas por un asunto serio sino por una bobada. ¡Muertes bobas ! ¡Hasta por anotar un  gol lo pueden matar a uno ! Aquí hemos tenido épocas en que ni siquiera hemos podido jugar al fútbol.

Entonces arrancó dos flores marchitas de la tumba de su conocido y las arrojó al piso. Después fijó sus ojos en los del periodista. 

-- Lo más lógico del mundo es decirle asesino al que mata. Pero no todo el que mata es asesino. Ni todo el que ha muerto ha sido inocente. Yo he visto unas cosas,  unas cosas que a la gente no le dicen.  

¡Si supiera usted cuántos valientes están enterrados en este cementerio y cuántos cobardes andan vivos por las calles !  También le puedo decir que matar no es una tómbola bailable, como dicen algunos para desprestigiarnos más de lo que estamos. El que mata se mete en un lío : o se lo cobran los deudos del finado, o se lo cobra Dios.

Le repito que matar no es una diversión sino que muchas veces se mata en defensa propia, porque es la única salida que queda para quitarse una amenaza de encima. Eso fue lo que me pasó a mí. Pero para que entienda cómo son las cosas, tengo que contarle la historia desde el principio.


3. “SI NO HUBIERA SIDO TAN MALO, LA GENTE ME HUBIERA CREÍDO”

La historia comenzó en el barrio Villa del Socorro, de Medellín. Allí nació William Fajardo,  a las dos de la tarde del 17 de diciembre de 1966.  

De los tres años que vivió en ese barrio, no recuerda nada. Lo único que dice sobre Villa del Socorro es que allí nació La pelusa Pérez, un futbolista que le encanta.

En 1969 los Fajardo se mudaron para Zamora, un barrio de la Comuna Nororiental. Conformaban una típica familia antioqueña, de esas en las que se multiplican los hijos y se dividen los panes : fueron, en total, nueve hermanos, siete mujeres y dos hombres.  

A William, por ser el mayor de los varones, le entregó su madre, desde bien temprano, el mando de la casa, mientras ella salía a buscar el sustento como empleada doméstica. 

En el barrio había un determinado número de calles y de personas : la vida tenía una extensión que se podía abarcar con el ojo. Dentro de ese límite, todo el mundo sabía en qué andaban los demás, quién era el vago, el rufián, el vicioso.  

Quién el esforzado, el estudioso, el correcto. Unos y otros compartían las esquinas, la afición por el fútbol, el placer de ver cómo las niñas de la cuadra se convertían en mujeres. 

En ese pequeño mundo de arquetipos bien definidos, doña Libia Fajardo creyó descubrir que entre el fútbol y la perdición humana no hay más que un paso, pues la señora había visto que casualmente muchos de los futbolistas de Zamora consumían bazuco.

De modo que en esto fue tajante : primero hijo con lápida que holgazán con balón. Se lo advirtió a William y le hizo una lista de las amistades que debía cancelar.

El problema era que ella estaba obligada por las circunstancias a permanecer por fuera de la casa casi todo el día y el muchacho, en su ausencia, crecía silvestre en los playones del barrio, hacía lo que le daba la gana.  Cuando tomaba un libro no era por el interés de estudiarlo sino para elaborar pelotas de ocasión con las hojas que le arrancaba.

El único cojín de la sala, gracias a la ansiedad de William, ya no fue más la cosa doméstica donde se orinaba el gato, sino un torpedo mugroso que él disparaba hacia el techo, en busca del aullido de las tribunas.

-- Siempre fui maldadoso -- afirma El chifis con una sonrisa ladina --. Pero no eran maldades para matar gente ni nada de eso. Sólo quería pasar el rato.

Una vez sorprendió a su profesor besándose con una alumna y le puso como condición, para no delatarlo, que cada vez que el Atlético Nacional jugara en Medellín, le consiguiera pases de cortesía. El chantaje duró varios años. Incluso, cuando Fajardo se aburrió definitivamente del estudio, en cuarto de primaria, se retiró del Colegio Juan Bautista Montini pero siguió disfrutando de sus tiquetes gratuitos. Un día cualquiera, el profesor se perdió del mapa, y Fajardo lo extrañó tanto como la alumna del beso, que quedó embarazada.

Ya en ese momento, su vocación no tenía freno. Se iba para la calle desde las siete de la mañana, a jugar micro fútbol durante 12 horas seguidas. Cuando llegaba a la casa, por la noche, la mamá le tenía acumulados el desayuno, el almuerzo y la cena. Primero lo dejaba comer y, después de la digestión, le asestaba unas zurras de miedo.

-- Como yo siempre fui tan malo, varias personas me han preguntado si yo de verdad quería imitar a Higuita y hacer una broma, o si fue que metí el gol de maldad porque hice un arreglo por aparte.

Yo les pregunto a todos: ¿arreglo con quién ? ¿Quién me iba a pagar a mí por meter ese gol, si todo el mundo quería que el otro equipo pasara a la final? En nuestro barrio, cuando la gente se pone de acuerdo para que sea verde, no puede ser rojo, porque en seguida vienen los problemas. Si no hubiera sido tan malo, la gente me hubiera creído.

El chifis  cuenta que, después del calor del momento de la eliminación, los jugadores del otro equipo lo perdonaron. Todos, menos El picao, que desde esa misma noche se convirtió en una pesadilla.

-- Desde el momento en que El picao me golpeó -- cuenta Fajardo -- pensé en vengarme.  Pero no en seguida sino cuando se pudiera. Ahí mismo era muy difícil. Figúrese que todos los jugadores de ese equipo me amenazaban con los ojos. Y hasta algunos de mis propios compañeros estaban disgustados conmigo porque yo les dañé el arreglo que habían hecho. Entonces, si yo le pego a El picao delante de la gente, me caen todos y acaban conmigo en el acto. Además, él era más fuerte que yo.

Todavía hoy, El chifis da la impresión de ser un hombre calculador, capaz de tragarse, impávido, la ofensa más grave, a la espera de su oportunidad de revancha. Detrás de la mansedumbre de sus ojos hay algo que indica que el que se la hace, se la paga, tarde o temprano y escóndase donde se esconda.  

Por un momento pienso que si yo, en vez de seguirle haciendo preguntas, decidiera darle un puñetazo en la cara, con toda seguridad no recibiría ningún golpe suyo de respuesta, por lo menos en este momento.

Pero también es seguro que El chifis no descansaría hasta hacerme pagar la falta, mañana o dentro de dos meses, en Medellín o en Calcuta. Para cumplir su objetivo, quizás no buscaría un enfrentamiento a los puños sino que elegiría el terreno en el que considere que puede sacar ventajas. Por ejemplo, armándose con un cuchillo. O incluso con un revólver. 

4. “ESE DEPORTE COMO QUE ESTA MALDITO”

En la medida en que pasaban los años y William se enviciaba aún más en la pelota, doña Libia endurecía el adoctrinamiento : le ronchaba las piernas con el cordón de la plancha, lo arrodillaba sobre granos de maíz.

Lo sometía a castigos que eran más extenuantes para ella que para él. Así que seguirle pegando por algo que, de todos modos, el muchacho no iba a abandonar, era perder el tiempo. Además, a esas alturas el fútbol no le preocupaba tanto a doña Libia como el tamaño de su hijo : un metro con 53 centímetros no parecía una estatura apropiada para los 15 años que ya tenía William.  

En barriadas como Zamora, de confines tan apretados, siempre hay ojos en las ventanas para examinar -- e inclusive festejar --  los defectos ajenos. Siempre hay convites en los andenes, alrededor del hallazgo de tales defectos.

A William le decían enano, pitufo  y  cosita, tres apodos que no lo irritaban tanto como ese de medio polvo. Cada vez que lo llamaban así, William descalabraba gente, pero el remoquete seguía su marcha triunfal, potenciado por la resistencia que él le oponía.  

El muchacho pensó que al paso en que iban las cosas, si él hiciera explotar un camión de dinamita en el barrio, de todos modos el mote resurgiría de entre los escombros, para mortificarlo. Ese descubrimiento de que los apodos son indestructibles y lo único sensato que se puede hacer ante ellos es tolerarlos, le sirvió para no amargarse más la vida. En adelante, aunque fuera de dientes para afuera, se sonreiría cada vez que le dijeran medio polvo.  

Una actitud que aún conserva. Claro que hoy casi todo el mundo lo llama por el apelativo de El chifis, que él no sabe de dónde surgió pero considera gracioso.
Cuando doña Libia se dio cuenta de que no había poder humano ni divino que apartara a su hijo del fútbol, no le quedó más opción que dejarlo jugar.

Además, viéndolo bien, por muy afiebrado que estuviera con la pelota, William nunca fue indiferente ante los problemas domésticos : siempre, desde que tuvo uso de razón, se ingenió el modo de no llegar a la casa con las manos vacías.  
Eso sí : doña Libia fue la única persona que le anunció que el fútbol lo conduciría a la desgracia, una premonición que William apreciaría muchos años después, cuando anotó el fatídico gol que lo convirtió en paria.









 


 
-- Yo fui la primera persona que se echó la cruz sobre la espalda por culpa del fútbol -- advierte Fajardo --. Pero no he sido la única. A los pocos días de mi desgracia los apostadores mataron, aquí mismo en Medellín, a un árbitro profesional, dizque porque se había manejado mal en un partido decisivo de la final del fútbol colombiano. 

Aquí han secuestrado árbitros, han amenazado jugadores. Hasta Pacho Maturana, que es un doctor muy serio, recibió una carta en la que lo amenazaban de muerte si no sacaba a Barrabás Gómez de la nómina titular de la selección Colombia. Después pasó lo de Andrés Escobar: el pobre metió un autogol en el mundial y eso le costó la vida. 

No, señor, yo no creo que sea raro que por un gol maten a la gente en este país. Ese deporte como que está maldito y a veces me arrepiento de no haberle hecho caso a mi mamá, cuando me decía que dejara de jugar fútbol. 

-- ¿El deporte está maldito o nuestra sociedad está podrida por la violencia?

-- ¿Que si hay violencia en este país? ¡Eh, Ave María ! Y no es solamente en las comunas, como dicen los periódicos: a Andrés lo mataron en un barrio de clase alta y al árbitro lo mataron a la salida del Estadio Atanasio Girardot. 

Eso pasa en la parte maluca de Medellín y también en la parte buena. Pasa en otras ciudades, pero ésta es la que tiene la mala fama.  En Bogotá matan gente todos los días. En Cali también. 


Seguro que en ambas partes han muerto personas por culpa del fútbol. Lo que pasa es que yo no lo sé, porque no vivo en esas ciudades. Pero cualquiera sabe que en Colombia ya no se puede ni jugar al fútbol. Se lo dije desde el primer día que nos vimos.



5. “NO LE DI TIEMPO NI DE SANTIGÜARSE”

Antes de su percance, William Fajardo pensaba que el fútbol es una manera de alcanzar la felicidad, nunca la desdicha. Por el solo gusto de divertirse, jugaba más y más, sabiendo que como jugador de micro fútbol no saldría ni de la pobreza ni del anonimato. 

Quería ser arquero porque le encantaba,  no porque tuviera sueños en los cuales se viera con una melena larguísima, sujetada por un cintillo, haciendo atajadas espectaculares de palo a palo, en busca de la inmortalidad.  Bien temprano, El chifis  vio con claridad que no sería grande gracias al fútbol, como tantos que vio salir de Zamora.

Que no habría un solo domingo en el que su nombre fuera mencionado por los locutores, en la nómina titular que presentaría el Nacional. Que, por tanto, nadie tendría razones para afirmar, después de cada partido, que él había sido la figura de la cancha.

Estaba resignado a no ser famoso y a no ser entrevistado en la televisión por el mismísimo Pacheco. Le bastaba con el placer de jugar, y ese placer no se lo iba a quitar nadie por el simple hecho de que él no fuera un futbolista de éxito. Su compromiso no era con la posteridad sino con la alegría. 

Por eso hoy le resulta más difícil asimilar que lo que siempre vio como sinónimo de fiesta hubiera derivado en tragedia.  La gran paradoja de su vida es haberse entrenado para atajar los goles y no para meterlos, pero haber terminado metiendo el gol más desventurado de la historia. Ese gol fue su fruto prohibido, la expulsión del único paraíso en el que creía.  

 --  Alguien me dijo -- afirma Fajardo --  que  El picao había dicho que primero me iba a amargar la vida durante varios días, y después me iba a llevar a un monte solitario para matarme. En la zona donde yo me crié, amenazar en vano es como jurar en vano. Si usted jura por su madre es porque está diciendo la verdad. Y si dice que va a matar a un fulano, es porque lo va a matar.

Así que yo me preparé para lo que fuera. Me conseguí un revólver y andaba con él en la pretina, esperando el momento de dispararle a El picao, para que se acabara el problema. Un amigo me advirtió que de todos modos tenía que matarlo donde nadie me viera, o si no me iba a pudrir en la cárcel. 

El chifis hablaba con el ceño fruncido y un cierto aire de preocupación. Era evidente que su drama personal permanecía tan crudo como en aquel noviembre de 1989. La voz de su relato a veces se levantaba. Como en este momento:
-- El plan de él era matarme,  y el plan mío era matarlo a él. Él ya había matado a varias personas, pero yo nunca había matado a nadie, porque ni he sido ni soy asesino. Maloso sí he sido, se lo dije ya.  

Sobre todo, en el pasado. Recuerde lo que le dije del profesor al que sorprendí besando a una alumna. Además, siendo niño pegué chicles en los timbres de las puertas; he vendido bazuco, he robado.

Lo que sea, menos matar. Yo quiero que usted se ponga en mi situación: si ahora mismo a usted lo ponen a escoger entre la vida  mía y la suya, usted escoge la suya. Eso es sencillo. Si a mí me dicen que usted planea matarme, yo no me voy a sentar a esperar que usted cumpla su plan, sino que le voy a pegar primero. Le juro que esa era la primera vez en mi vida que yo agarraba un revólver. Nunca pensé que me tocara morir o matar a alguien por culpa de un gol. Tiene uno que estar bien salado para que le toque vivir una cosa de esas.

En Lovaina, según lo comprobamos, la gente quiere a El chifis  y confía en su palabra. Cualquier desconocido, si llega con él, tendrá allanado el camino hacia los demás habitantes del barrio.  

Todos los días, en las pausas de las grabaciones del programa de televisión en el cual nos colaboró, William Fajardo soltaba nuevos detalles sobre el gol que anotó hace ocho años y sobre la calamidad que vino después de ese gol. Tal vez la cuarta vez que nos encontramos fue cuando le dije que estaba interesado en publicar su relato. 

En realidad, me sorprendió muchísimo que apenas unos minutos después de habernos conocido me hubiera contado, de un modo totalmente espontáneo, su historia. Él me respondió que lo hizo porque tiene la seguridad de que no es un delincuente y porque quiere que la gente sepa que ha sido una víctima y no un verdugo. 

-- Las dos semanas siguientes al gol -- dice ahora, sentado a la mesa de un restaurante típico de Medellín --, fueron para mí una desgracia: el tipo me esperaba en la esquina de mi propia casa, para escupirme la cara. O me atravesaba la pierna para que yo me cayera. Estaba haciendo lo que dijo que iba a hacer, que era amargarme la vida.

Y se suponía que cuando le diera papaya, me pegaba un tiro. Pero mientras llegaba ese momento, el tipo me había cogido de carrito: me la tenía bien pero bien montada. En esos días sentí asco de mí mismo. Sentía que lo que yo estaba haciendo no era ser precavido sino ser cobarde.

Ya todo el mundo en Zamora estaba pidiendo que me cambiaran el apodo de Medio polvo por el de Gallina. Entonces aparecieron varias personas que me estimaban y fueron colaboradoras conmigo. Me dijeron que me respaldaban en lo que yo hiciera, si dejaba el miedo y procedía como un hombre. Yo les expliqué que me aguantaba todos los desplantes de El picao porque no me parecía conveniente meterle un tiro ante los ojos del barrio.

Pero alguien me dijo que eso era absurdo, porque el tipo no se iba a ir para la luna sólo para que yo pudiera matarlo sin testigos. De malas si me veían, pero a la culebra hay que darle en la cabeza para poder sacarla de circulación. Eso era lo que me decían todos.

-- Cuénteme cómo lo mató.
-- Un sábado de mediados de ese diciembre – no me acuerdo del día exacto, pero fue en el año 89 -- , el tipo se metió unas pepas y cuando estaba trabado dijo que le habían avisado que yo lo iba a matar y que entonces él estaba obligado a matarme a mí antes de que eso sucediera.

Fíjese en qué paró la cosa: el asesino era yo y no él. El tipo llegó a mi casa al caer la noche, en compañía de uno de sus amigos. Cada uno llevaba una escopeta Remington. Yo miré por una hendija y los vi apuntando hacia la puerta por donde se suponía que yo iba a salir.

Entonces le pedí la bendición a mi vieja – que a todas estas no sabía lo que estaba pasando – y le dije que me deseara mucha suerte, porque me iba a buscar un trabajito en Envigado. Lo que hice fue que me volé por el patio y me les fui por detrás. El picao  oyó un grito y volteó, pero cuando él me miró yo ya lo tenía enfocado con el fierro. No le di tiempo ni de santiguarse: le estallé el primero y, por si las moscas, le pegué otros dos.

Los otros tres tiros los reservé, por si acaso el otro muchacho se metía conmigo. Pero qué va : no se metió conmigo y no lo maté, porque no soy asesino, ni mato por divertirme. Si yo fuera asesino, ahí mismo le hubiera vaciado el resto del revólver al otro fulano. Pero le repito que no soy asesino y que al tal Henry lo maté para salvar mi pellejo. Lo maté – vea cómo es la vida – delante de por lo menos veintipico personas que sabían que él iba para mi casa y estaban por ahí asomadas, chismoseando.

6. “EL DESTINO NOS HIZO UNA MALA JUGADA A LOS DOS”

Cuando había torneos de micro fútbol en la Comuna Nororiental, El chifis defendía los intereses de Los Locos del Dos  y, cuando este equipo descansaba, se rebuscaba unos pesos como recogebolas o vendiendo cerveza entre el vasto público. 

El campeonato de la comuna era famoso en Medellín. Se inauguró en 1980, año en que venció El Ríver, donde jugaban Leonel Álvarez y El Galea Galeano.  Era un equipo que brindaba espectáculo en cada presentación y año tras año cosechaba nuevos títulos. La gente lo llamaba El club de los calidosos.

Los partidos constaban de dos tiempos de 20 minutos cada uno y  se llevaban a cabo en la cancha María Auxiliadora, del sector Playón de los Comuneros. Cada equipo tenía cinco jugadores.  



Los conjuntos que tradicionalmente se daban cita en el campeonato de la comuna procedían de Andalucía, La Francia, Zamora, El Popular Uno, El Popular Dos, La Isla y Castilla.  Barrios todos con agudos problemas sociales, como el desempleo, la miseria y la violencia. En muchos casos, la vida no tenía valor sino precio: en las esquinas se negociaba la muerte de alguien, se hablaba de borrar  a algún fulano incómodo.  

-- No, entre El picao  y yo no había ningún tipo de enfrentamiento personal -- dice El chifis,  en respuesta a una pregunta del periodista --. Es verdad que no pasábamos del simple saludo, pero, que yo sepa, no éramos enemigos. El destino nos hizo una mala jugada a los dos. 

A continuación, repitió que no es un asesino y me advirtió que nadie puede acusarlo de haber matado por plata. En este punto, su voz sonó amarga.
-- Una vez se me acercó un tipo a preguntarme cuánto le cobraba por matarle un enemigo. Le pregunté si acaso le habían dicho que yo era sicario o qué, y él me dijo que no me las picara de inocente, que él sabía muy bien lo que yo había hecho. Le expliqué qué fue lo que pasó y no me creyó.

Pero le dejé en claro que si se me volvía a acercar con esas faltas de respeto, entonces sí me iba a volver asesino de verdad, y que iba a empezar por matarlo a él. Nunca más regresó.  De pronto el tipo hizo eso porque piensa que después de matar a una persona,  a uno la vida ya no le importa ni cinco y sale convirtiéndose en sicario. Gracias a Dios no caí en esa trampa. Yo maté una sola vez y lo hice  para salvar mi vida, no por plata. 

Estamos sentados en la acera de su casa, donde su esposa está asando arepas y chorizos en una parrilla desvencijada. A lo largo de la conversación, El chifis se ha quejado de que el negocio de la fritanga se ha venido a menos. Quejarse, a propósito, es una de las cosas que más ha hecho durante todos estos días, por los motivos más diversos : que no tiene con qué comprar la comida del día siguiente, que los choferes urbanos de Medellín son abusivos, que el gobierno es pésimo, que el futbolista Alexis García ya no corre sino que camina en la cancha.

Al principio pensé que su actitud era una manera indirecta de pedirnos dinero, pero después comprobé que es como un tic de su personalidad y que, más allá de lo económico, siempre encuentra razones para lamentarse.

Su protesta recurrente es contra el destino, que no sólo lo obligó a vivir huyendo sino que, además, le ha negado la posibilidad de tener hijos. Él cree que ese es parte del castigo que le corresponde por haber matado a una persona. Pero de inmediato vuelve al punto de siempre: no mató por maldad sino en defensa propia. Así que espera que, esta vez, el embarazo de su esposa, que está reunida hoy con nosotros, tenga un final afortunado. Aunque las cosas de nuevo pintan mal: ha habido síntomas de aborto y ni siquiera tiene con qué pagar un buen servicio médico.

-- La mamá del difunto me demandó -- dijo El chifis, mientras volteaba los chorizos en la parrilla --. Pero esa fue una demanda mal hecha, porque yo no me llamo Wílfer sino William. El nombre de mi mamá también salió equivocado. Unos amigos míos que son malos y saben mover las fichas necesarias, fueron donde la señora para pedirle que retirara la demanda, y la señora les hizo caso. Un hermano del finado todavía tiene la espinita de desquitarse, a pesar de que los amigos míos le han advertido que deje las cosas así, para que no haya más problemas.

--  Si usted tuviera un minuto para decirle algo a la madre de la víctima, ¿qué le diría?

-- Eso no va a pasar nunca, porque ya no vivo en Zamora y ni siquiera puedo entrar públicamente a ese barrio. A veces voy a visitar a mis hermanas que todavía viven allá. Voy escondido en el baúl de un carro,  y lo que hago es una visita de médico. Yo no tengo vida desde que pasó lo que pasó. Hace como un año, yo estaba lavando un taxi en esta calle y de pronto vi un carro negro que disminuyó la velocidad cuando pasó frente a mi casa.

El tipo que iba adelante, al lado del chofer, era el hermano del finado: llevaba en la mano un papelito con mi dirección y la iba buscando en voz alta. De rapidez me escondí detrás del taxi y me di cuenta de que el carro negro dobló a la derecha. En seguida me metí en la primera casa que encontré abierta y desde el segundo piso escuché al hermano del finado averiguando por mi nombre.

Se había bajado del carro para buscar mejor la dirección. Menos mal que la gente de por aquí se portó bien y le dijo que no me conocía. Claro que ese mismo día les mandé razones a los amigos míos del barrio Zamora y ellos volvieron a mover las fichas necesarias para que me dejaran quieto.

Creo que hablaron con la mamá y le dijeron que si no quería tener otro difunto en la familia, convenciera a su hijo de que se calmara. No sé qué le diría la señora al muchacho, pero la verdad es que no ha regresado por acá. Pero ni siquiera así estoy tranquilo: me toca andar con cuatro ojos en la espalda, porque sé que en cualquier momento ese man viene a vengar la sangre del hermano. 

-- ¿No ha pensado en hacer la paz con los familiares del muerto ?
-- Ellos no quieren y yo no los puedo obligar. Lo importante es que si no entienden lo que pasó, no vayan a provocar más tragedias metiéndose conmigo. Ojalá acepten que su hijo tuvo un mal destino y que el mío fue todavía peor.

Que no crean ellos que yo hice una fiesta el día que maté a El picao.  Nunca más he podido trabajar como antes. Vivo huyendo. Dejé de vivir en Zamora y esa, para mí, es una pérdida muy grande. Le confieso más: después que maté a El picao, no me volví sicario pero me degeneré: asaltaba los camiones repartidores de cerveza y gaseosa ; atracaba los buses de Copacabana, jibariaba de día y de noche, vendiendo la bazuca a 80 pesos el gramo. Yo pensaba: ya que maté a un hombre y nunca más podré ganarme la plata a las buenas, entonces me la voy a ganar a las malas. Mi vida cambió mucho.
-- ¿Todavía sigue en esas andanzas?
-- Solamente, y de vez en cuando,  con lo del bazuco. De los atracos me retiré hace rato, desde un día que mataron a uno de los que estábamos en ese grupo.  Por eso ahora no ando muy bien económicamente. Pero mejor así que estar metido en líos.


7. “DE PRONTO USTED ESTARÍA SENTADO AHORA CON ÉL Y NO CONMIGO”

Metidos en líos siguen muchos jóvenes de la comuna, desde la época en que su propia miseria y el dinero veloz del narcotráfico los empujaron hacia un acelerado estilo de vida, más apropiado para hallar una muerte aparatosa que para asegurarse una vejez tranquila, como proponían los abuelos.

Algunos se volvieron matones a sueldo, o se prestaron para transportar cocaína hacia el exterior, o secuestraron por encargo. Otros terminaron convertidos en piltrafas, como consecuencia de su adicción a las drogas. O fueron a parar a la cárcel. Y muchísimos murieron, arrojados con violencia desde el vagón de vértigo en el que se habían montado.

Con semejante situación, el fútbol hubiera podido ser una válvula de escape. Pero lo cierto es que se han visto resultados arreglados por debajo de la mesa, intimidaciones, vendettas.  Los mismos problemas  de entre semana, trasladados a la cancha el domingo.  Una realidad preocupante, por cuanto se supone que en las barriadas, a diferencia de las canchas profesionales, el fútbol debería ser estrictamente lúdico, independientemente de quién gana y quién pierde. 

Muchos partidos de fútbol se rigen por los mismos códigos de las demás cosas de la vida común y corriente. Sacar ventajas que no están pactadas genera una deuda casi siempre amarga, como lo sabe hasta el más despistado de los habitantes. Algunos no creerán en el concurso de la casualidad sino en la mala fe de quien se salió del libreto.  Darán por hecho que hubo una falta y dirán que las faltas, intencionadas o no, se pagan. No tiene Jesús la culpa, allá en el cielo, de que un Judas terrenal haya anotado un gol que no figuraba en los cálculos de nadie.  

Sin embargo, por muy malevos que sean los hombres de este universo, sus oscuros convenios son letra muerta a la hora en que la fatalidad hace un simple guiño:  dos equipos se ponen de acuerdo para empatar, para no hacerse daño, para jugar como señoritas, pero siempre existe la posibilidad de que un gol inesperado malogre la farsa.  

Entonces el gol ya no es alarido de la vida sino guadaña de la muerte. Lo más terrible no es eso, sino saber que hay gente tan desgraciada, que ni siquiera se puede permitir la libertad de renunciar a ganar. Gente vencida por la vida, que elige perder también en una cancha y que, contra su voluntad, es llevada por una fuerza maldita a una victoria que en realidad es un patíbulo. La última y definitiva derrota, como le consta a El chifis.

--  Yo creo -- dijo Fajardo --  que uno viene con su destino escrito. Y a mí me tocó matarlo a él, porque si yo no lo mato, de pronto usted estaría sentado ahora con él y no conmigo.  



La expresión “me tocó matarlo a él”  tenía un sonido desgarrador en la boca de William Fajardo.  Tal vez porque su rostro no correspondía al de un asesino que alardeaba de su condición, sino al de un hombre que, en cierta forma, había empezado a morirse el mismo día que su víctima.  

Un hombre que desde entonces tenía el alma herida por las esquirlas de su propio disparo y había recibido muchos portazos en las narices.  La verdad es que, más allá de si es una buena o una mala persona,  la preocupación de sus ojos era conmovedora.  

Su ceño estaba más fruncido que de costumbre y no paraba de tamborilear en la mesa con los dedos de su mano izquierda. Está claro que no se va a consumir por el arrepentimiento, pero la posibilidad de que los parientes del muerto se desquiten, no lo deja dormir tranquilo. El monstruo de su gol, todavía blande, amenazante, la guadaña.  
 
-- ¿Sabe qué es lo peor  de todo? -- me pregunta, con una expresión irónica en el rostro --.  Hace como dos años me contaron cuál fue la razón por la cual  El picao se enojó tanto con mi gol. Cuando vio que el partido estaba arreglado para que quedara empatado a un gol, de avispado se puso a apostar con un fulano del barrio y, claro, perdió la apuesta. Lo que apostó fue una canasta de cerveza. O sea, que todo el lío que lo llevó a él a la muerte y a mí a la desgracia, se debió a una simple canasta de cerveza. ¿No le decía yo que este país está podrido?

(Medellín, Noviembre de 1997)


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