historias / Perfiles 
Homenaje a un gran editor

 

 
  
   

Detrás de cada libro  hay un gran impresor. Así titula el homenaje que le hará la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la U. Nal, la Biblioteca Pública Piloto, la fundación Antonio Restrepo, ente otros editores y escritores de Medellín, a Ernesto López Arismendi, dueño y fundador de la Editorial Lealón. 

Con más de 4mil títulos publicados a los grandes escritores de Antioquia es quizá el hombre que más haya leído en Medellín.

Siempre ha vivido entre libros. Don Ernesto (74 años,  aunque aparenta si acaso 60) nació en Santo Domingo Antioquia, la cuna de Tomás Carrasquilla y eso puedo influenciar su vida: 

“A los 10 años salí del pueblo, me vine a estudiar en el Pedro Justo Berrio, un colegio Saleciano de Medellín y allí un cura nos leyó “A la diestra de Dios Padre”, supe que era de mi pueblo  y desde entonces soy un de sus seguidores”, recuerda. 

Desde entonces “leía cuanto papel me llegaba a las manos”. Después de Carrasquilla vino Mark Twain, Julio Verne, José Eustasio Rivera,… 

Los libros seguirían haciendo parte de su vida cuando a principios de los años cincuenta un tío le consiguió una beca para estudiar Tipografía con los salesianos.

Allí mientras cursaba su bachillerato técnico ayudó a montar libros de Belisario Betancur, de  Darío Castrillón, del padre Jaime Serna. “Y  hasta los de cocina de Sofía Ospina de Navarro, que eran los más vendidos”. 

En las tipografías de los salesianos fue cajista, prensista, linotipista. Al cabo de 5 años comenzó a trabajar en Editorial Bedout, llevado por la Asociación de Linotipistas de Antioquia. 
Luego salió de allí. La editorial les ofreció  a los empelados máquinas a cambio de deudas y prestaciones y los invitó a que siguieran trabajando para ellos. 



Aceptaron. Pero además le editaron a Oveja Negra, a el Zancudo, el Camello, el Tigre de papel, la pulga…todo un zoológico de nacientes editoriales de izquierda.

Cuando libraron la maquinaria, vino la repartición y con lo que le tocó a él,  (un linotipo, mesas de trabajo) ajustó, compró una prensa y montó Lealón. 

“LEALON es porque la gente dice: lealonahí…es un juego de palabras”, comenta sonriente. “Escríbalon, también dicen por ahí”.  

Allí, en 1972,  publicó Comuniquémonos, un libro de Español encargado por unos profesores. 

Sería el primero y para lograrlo solo contrató un prensista y una secretaría que también era  papelera (ayudaba con los acabados). 

Al cabo de 20 años llegó a tener 18 trabajadores.

“Ahora somos 4”, compara con cierto desconsuelo. 

Una persona –explica- al frente de un computador remplaza a 8 trabajadores, dice don Ernesto y comenta que su esposa Olga Lucia Álvarez se va en las tardes a ayudar a armar libros, como también los tres hijos que van por ratos.

“Lo que nunca imaginé que llegaría a 40 años”, sonríe.

Números y números. Cifras que son frías y duras como el plomo: 40 años y 4 mil libros publicados aproximadamente. 100 libros por año…

Cuatro  mil satisfacciones seguramente: 
“Ver a un cliente satisfecho es lo mejor”, dice.

Satisfacción que le generó publicar los  primeros libros del sello La Carreta, en especial el de Miguel Urrutia, exgerente del Banco de la República y que llevaba un billete de peso, pegado en su pasta.
  
O los seis libros que hizo recién, para Bogotá: 
“Imagínese, donde hay miles de litografías y me llamaron a mi!”

También le satisface recordar los de Belisario, los de Otto Morales, los de Oscar Domínguez, los de García Peña. Los de Estanislao Zuleta, los de  Fernando González…y un largo etcétera.

Y no sólo hacerlos. Don Ernesto es un gran lector y encuentra satisfacciones leyendo cualquier género, “siempre y cuando esté bien escrito, como los de William  Ospina”. 

O que tenga buen humor, como el de Oscar Domínguez, subraya; o tengan argumentos como los de su amigo Alberto Aguirre (q.e.p.d). 

Satisfacciones otras como las de montar en cicla –será por eso que aparenta 60 cuando dice tener 74- tomarse un wiski en un bar de tangos –donde casi siempre le recatea el precio tan alto-.    
 
Satisfacciones que ahora un grupo de amigos liderados por la Facultad de Ciencias Humanas de la U. Nacional y la Biblioteca Pública Piloto le quieren recompensar con un homenaje: 

“Cuando llegue diré: ´no me lo merezco´”, sonríe con  sorna. 
“Pero qué dicha”…vuelve a dibujar una mueca de agrado en su rostro.   

Será un homenaje a un viejo y querido linotipista. Pero ya la linotipia es un anacronismo, o una nostalgia: la misma que rumian sus amigos de la Asociación un miércoles cada mes rememorando sus buenos tiempos entre plomo fundido y mucho anís y mucha bohemia. 

Eran otros tiempos. 

Lealón atraviesa una crisis y por ello,  otros amigos entre ellos Jesús María Gómez y Claudia Ivonne Giraldo, conscientes del legado, andan el proyecto de conseguir 20 socios que aporten de a cinco millones  para que compren la mitad del negocio. Y sacar avante a Lealón si quiera por 40 años más.

“Si no resultan los socios no sé  qué pasará”. 
Dice don Ernesto, pero de inmediato vuelve a sonreír.

FOTOS DE: Julián Roldán

 

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