historias / Perfiles 
A sus 90 años, Ramón hace reír calaveras
Guillermo Zuluaga Ceballos

 

 
      
A los 90 años, el maestro Ramón Vásquez es un niño que vive sonriente en compañía del Diablo y le gusta hace reír a las calaveras. Lo supe una mañana de junio,  en su taller, ubicado en el sector de Las Palmas,  donde trabaja mientras disfruta de una espléndida vista de la ciudad de Medellín.

Yo no conocía al maestro; lo había visto sí en decenas de pinturas y de murales, donde sobresalen sus líneas delgadas y firmes entre cálidos colores,  que adornan salas, galerías y recintos. Lo había visto tanto y admirado tanto que imaginé que como todos los mitos ya había muerto  hace mucho. Pero este muerto goza de muy buena salud, como se dice por ahí.

Durante el camino la gestora cultural Nancy Arango me prevenía: “lo vas a ver: el maestro parece un niño”. En efecto bastó un par de horas para comprobar el espíritu desprevenido, diáfano y alegre del añoso artista.

Cuando lo saludé me apretó duro, con sus  manos aceradas,  y luego, como si me conociera de hace años, tanteó con sus dedos en mi codo una articulación para encalambrarme el brazo.  Lo halló. Cuando vio que reaccioné al corrientazo, sonrió con satisfacción. Toda una enérgica bienvenida.

En un viejo sofá de cuero negro conversamos. Me mostró libros donde está estampada su obra: la misma donde sobresalen muchos Quijotes, niños, seres mitológicos y autóctonos, caballos, Cristos, paisajes floridos. Pinturas y figuras que adornan aquí y allá. Desde la sede del Congreso de la República hasta modestas salas residenciales.

-Yo soy el pintor que más ha pintado en Colombia- dice sin un asomo de modestia  este artista nacido en Ituango Antioquia.  

Alma de niño

El maestro atiende contento a todo el que llega hasta su taller. De hecho llegan muchos visitantes. Pero no puede quedarse quieto: muestra allí, recuerda allá. Caminó al borde una piscina donde a sus 90 años dice que se mete a refrescarse. La mañana era cálida; el sol parecía clavarse en mil agujas por lo que su hija corrió a echarle una capa gruesa de bronceador en sus brazos.

-Quedé como un muerto –dijo viendo sus brazos blancos. Y mientras caminaba agregó en un susurro: ¡Claro que es mejor irse acostumbrando!

Muerto. Debió decirlo en charla. Porque está tan radiante como estas fechas de junio. Dicen que le caminan 90 en su cuerpo y cuesta creerlo. Aparenta si acaso 70. Sus pasos son firmes. Su mirada atenta. Su piel despercudida y nada cuarteada. Sus frases…un niño.

Contó que esperaba por su médico: “una maravilla”, lo califica.  Es quien lo  tiene lozano y alegre. “Le voy a regalar un cuadro que estoy pintando”, me mostró luego una pintura donde sobresale el color rosa: un niño desnudo en primer plano, una mujer que lava al fondo, guayacanes y árboles floridos. Muy Ramón Vásquez la imagen.

Llama la atención el cuerpo del niño y se lo hice saber:

-Enseño anatomía- me contó mientras caminaba a una esquina del salón y me mostró unas calaveras que mantiene sobre una mesa con espejos.

-De qué lado duermes- me preguntó. ¿Del derecho, cierto? Como  esta calavera: vea tiene hundido el parietal izquierdo. Yo les enseñaba anatomía a mis alumnos y hacía reír a las calaveras. Recita mientras la va girando:

Calavera cual feliz.
Besa la luna de plata,
Di por qué te encuentras chata.

Si era larga tu nariz...

 
La descargó en una caja y activó un dispositivo: sonaron unas carcajadas como de ultratumba. El maestro sonrió. Creyó asustarme. Pone a hablar las calaveras y las silencia con sus dedos en los labios. Eso dice él a sus 90 y sonríe. Tan  niño, de veras.

Saludable  memoria

Un médico muy Chapatín, chiquitín y figurín, de cuero el maletín,  vino a atenderlo. Mientras charlaban como viejos compadres, le tomó la presión. “Un poco alta”, le dijo.  ¿Te estás tomando  las pastillas? Claro. Le puso el estetoscopio. Tosa. El maestro lo obedeció. Y le sonrió cómplice.

-Mi problema de salud es que tengo un apetito voraz –dijo y como siempre encimó una sonrisa-. Como de todo. Tomo café. ¡Eh ave María si me gustan los frisolitos! Ayer repetí donde un amigo. Frisoles aclaro, saben mejor. Los FRÍJOLES  (hace una inflexión y pone voz aflautada,) son para los que hablan raro.

El maestro Ramón además de su buen humor,  presume de su buena memoria. Lo dice y en efecto recita poesías de  Barba Jacob –a quien conoció-. Versos de Efe Gómez, completos. Critica al pintor Botero, “por tanta autopromoción de su obra”. Recuerda haber visto “pobres” a Belisario Betancur y a Álvaro Villegas Moreno -dueño del lugar donde nos encontramos y que generosamente le presta para que pinte-. Ha compartido con muchos artistas y mucha más gente.

-Belisario es un  buen tipo lástima tan godo…dijo alguien

-No, no era tan godo realmente- salió de inmediato el maestro en su defensa.

Vásquez  ha sido amigo de cientos de dirigentes pero él dice que no le gusta la Política:

-Los artistas que se meten a Política significa que son comerciantes. Tienen que ser ladrones, y los comerciantes lo son de primera –explicó su teoría.

Vásquez dice agradecerle a la vida por tantos amigos pues a sus enemigos ya los mató con el olvido. Eso dice:

- Tengo eso sí muchos amigos políticos y abogados  que son lo mismo. Sinónimo de abogado: ladrón- resaltó duro para que lo escuchara un abogado que andaba cerca y recordó una anécdota:

Hace poco vino Oscar Peña Alzate, con su señora...luego entró un abogado, pisando duro. La esposa de Peña me preguntó quién era. Ese es un ladrón, le contesté. Ah, es abogado, dijo ella. Sonriendo porque ella sabe que le digo “Ladrón” a su esposo.

En su nonagenaria existencia, tiene un amplio abanico de nombres de dirigentes  e influyentes amigos, pero su espíritu crítico, frentero, no desentona. Me cuenta que hizo el cuadro “Los niños que no pudieron ver al Papa”, echándoselas a Lleras Restrepo, (quien durante la visita del Pontífice en el  68 mandó encerrar gamines y menesterosos):

-Se sentía muy grande, porque encerró a los niños pobres…ah brutos que son esos políticos.

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Ahora es una tarde de finales de junio. El  maestro Vásquez posa tranquilo para las fotos. Parece que las disfruta.  Se levanta del sofá y comienza a esbozar una pintura: una nueva creación que surgirá sobre un fondo azul. Sus líneas aparecen como por ósmosis. Como si el pincel que humedece  fuera prolongación de su cuerpo y de su mente: nombra algo y de inmediato surge de la punta de su escobilla…

Empieza contando que pintará una serenata infantil…muestra, enseña amable… …va pintando y va hablando…. le nace hacerlo:

-Mire, aquí le pongo la ruanita. A medida que pinto le voy cambiando los colores. Aquí le pongo el tiple…los que nacimos en montaña tenemos estos recuerdos de la niñez: la mazamorra, las gallinitas. Todo lo antioqueño…

 

La voz del Maestro es apacible, pero firme, clara... sus frases son sueltas como cada uno de sus brochazos.

-Cuando empiezo a pintar ya tengo el cuadro en la cabeza… ya lo he pintado en sueños varias veces…sueño con imágenes…Mentira es porque a mí me gustan los muertos: ¡no ve que si no lo vuelven a joder a uno!… Hace una pausa, sonríe.

-Pero en sus cuadros hay es vida-le interrumpo: Niños, color verde, naranja. Naturaleza…

-No hay contradicción. Hasta en el color negro  hay vida porque es la suma de los colores. Qué es primero el huevo o la gallina: la gallina, claro. También Eva fue primero es que la Biblia dice muchas mentiras, el 99 por ciento –dice y encima una generosa sonrisa.  De nuevo.

Alcancé a preguntarle algo de la religión. Él intuye, me interrumpe:

-Ah, soy ateo….

En tierra firme –aclara

Y  sonríe, sonríe siempre y mucho.

Pinta y pinta. Para el maestro la pintura es su vida; pero también vive pintando a cada momento, a cada día. Lo hace por encargo. Alguien contó que sostiene su descendencia: hijos, nietos, una larga parentela:

-Yo a la familia la quiero, la ayudo. Soy feliz en ella. Pero también lo soy con otros… ¿habrá algo mejor que conversar con campesinos, del pilón, de las papas, de todo tan sencillo? Eso es familia y eso me encanta.

Trata de subrayar el maestro; pero la familia está: él está en la familia:

“De mi abuelo lo que más recuerdo es que nos contaba historias de miedo, de mitos. Y que todos los días nos despachaba  a mi hermanito y a mí, nos hacía el chocolate y luego el billetico ahí para el colegio”, comenta su nieto Santiago, quien dice sólo lo ha visto triste cuando el maestro se acuerda de su madre o ante las injusticias con personas o “animalitos indefensos”. 

 

 

El  maestro levanta un poco su cuerpo; remoja su pincel y vuelve a su pintura que poco a poco va tomando forma. Va cobrando vida:

…Eso es lo que sigue: una cabañita, pequeña, tiple, sin tanta carajada.
Evoca Vásquez quien parece estar contando que es su anhelo: irse a una cabañita….

Porque hay mucho aire campesino en su pintura. Un viaje a sus raíces, como con Carpentier.  Pregunto por Ituango, tierra natal.  Pero no me responde. Aún sigo sin comprender cómo alguien nacido en esos cañones indomeñables de Antioquia, puede alcanzar una visión tan universal y plasmarla en sus obras.

-Me gusta el pintor  español Sorolla.  Fue impresionista.  El mejor para mí. Después el Greco. Y  Rafael Urbino: La escuela de Atenas fue pintada por Rafael, y ahí le enseñó a Miguel Ángel.

Para el maestro Vásquez la pintura colombiana actual es muy mala.
-Se ha salvado por mí…

…Claro que Jorge Cárdenas me gusta, pese a su sencillez, es estudioso; y Liby Zulattegui, sabe mucho,  es de cultura extraordinaria, es mujer. Y yo creo en ellas porque tuve mamá.

Le pregunto al maestro por algún cuadro en especial pensando que, como una madre no tiene preferencias por un hijo, él tampoco lo tendría. Pero sí. Es una pintura de un chico en la montaña, mirando en lontananza; una especie de evocación de Paisajes del maestro Cano.

¡Ayudado por el Diablo!

El maestro no lo dice ahora pero  lo ha reconocido en otros espacios. Su pintura tiene el apoyo del Diablo. Se trata de Pedro Flórez, “Tolùa”,  un hombre de 50 y tantos que hace 34 trabaja con él  arreglándole sus lienzos y disponiendo sus pinturas. Pero además siendo su confidente y amigo.

“Yo lo conocí en la Escuela Municipal de Teatro, y él fue mi maestro de esgrima-escena. El Maestro enseña con su práctica la pintura, pero además buceo, natación, anatomía”, comenta  Tolúa, quien nunca pensó que trabajaría tanto con él.  Pero valora:

“Es muy significativo espiritualmente estar al lado de una de las grandes figuras del arte. Reconocido. Su obra ha llegado a países muy lejanos”.

Tolúa  es el diablo del maestro pero no  le preocupa: “al fin soy la segunda Divinidad y le ha quitado el poder a Dios. O sea que lo he desplazado”, dice y suelta una carcajada.

Son 34 años como alumno y amigo acumulando aprendizajes, sumando enfados y alegrías del viejo maestro. Sumando anécdotas:

“Alguna  vez  pintábamos un mural por Unicentro. Pasó una señora con un carrito de mercado y se quedó reparando. Yo estaba de barba y el maestro bromeando me había pintado unos cachos.

-Vea: el diablo –le  dijo él a la señora. Ella  reparó y siguió. Luego volvió del mercado, empujando su carrito y se quedó reparando.
Ave María, Maestro –le dijo. Ante usted pinta bonito: ¡Ayudado por el Diablo!

Otras ayudas

Le pregunto al Maestro por la influencia en los años cuarenta del siglo XX, de Pedro Nel Gómez, pero Vásquez sabe de sus alcances.

-Él solo pintaba murales al fresco mientras yo he pintado de todo…

Y, ¿qué opina de Jacanamijoy?

-¿Quién es? No lo conozco.

-Un pintor de Putumayo –le digo. Pinta mucho de la selva…

- Ah, quién lo mandó para la selva, quién lo buscará por allá… dice con sorna y sonríe.

-Maestro en serio, ¿la pintura es su vida?

-¡No, es bajada! -bromea. Si no hubiera forma de pintar en el mundo yo pintaría mentalmente. He tenido sueños tan hermosos que no he visto los colores que sueño. No te podría explicar. Son tonos extraños…

No son verdes, por supuesto. Pues para Ramón Vásquez, está claro cuál es color universal.

-Todo lo verde me gusta menos lo que me como porque me lo prohibió el médico. Para pintar sí: Vea esas ramitas (señala las que traza en su naciente pintura)…lo verde  es lo más bello…

Dice Verde e insisto si acaso no son sus raíces, el verde  de las montañas de Ituango…

-Imagínese que cuando nací…yo recuerdo cómo: seguro en el vientre de mama y sin ser de la tierra aún, vi una cosa que pasó verde, sobre la tierra verde, como si fuera un gusano…una ráfaga…después nací…

Sigue explicando la casa que pinta: hace un cuadrado pequeño y dice que es una ventanita: un trazo muy infantil pero le siguen surgiendo las imágenes:

¿Dónde quiere que se asome la muchachita? –me pregunta…

-¿Cuál muchachita?

-¡Ya la invento!-.

Va pintando y va narrando: como si sacara de su cabeza cana todas las imágenes que trasladará luego al papel. Le comento al maestro que hay demasiada evocación a lo rural en su obra y tiene muy clara la razón: “es la vida”:

-Cómo cambiar por ejemplo una taza de mazamorra por un whisky…o un platico de frisoles con chicharroncito…por caviar o esas bobadas… diga quién duerme mejor si el que escucha una serenatica con mariachi (fija fuerte su pincel en el lienzo) y no esa música espantosa de ahora…

El maestro sube el tono. Declama: A orillas de un palmar yo vide una joven bella. Su boquita de coral y sus ojos dos estrellas

-¿Eso es muy lindo, o no? -Cuestiona sabedor de la respuesta, agacha de nuevo su longevo cuerpo y sigue contando lo que pintará: después de la ventana, un techo de paja, unos eucaliptos con hojas verde plateado, y que platean más las lunas llenas. Y dice “luna llena” y recuerda a García Lorca y evoca y recita algo no tan claro…la poesía está en él:

…su luz de plata en los copos, los árboles no han crecido. Y un horizonte de perros que ladran en el perdido.

-Me gusta la poesía. Me tocó ilustrarla más de 50 años en El Correo, en El Colombiano. Ilustré libros. Soy el poeta de la línea.



Por encargo

Vásquez sigue pintado y conversando alegre. Su pulso ya lo quisieran muchos quinceañeros o cirujanos neófitos:

-Esta Serenata es para un señor que me la va a pagar: me dijo que quería algo muy campesino y le hablé de esto que le evoque su infancia…y su vejez, será…
El maestro habla de este que ahora crea. Y recrea. Lo suyo son creaciones  y recuerda otras. Otra. Una. La que pudo vender “por  3 millones”.

-Con ello hubiera pagado mi finquita –suspiró-. Pero ella (su esposa) no quiso desprenderse.

También tiene en mente otro Quijote que le hizo a Zuleta Ferrer, director de EL Colombiano, donde fue ilustrador más de medio siglo. Cuadros que pudo vender, que no se vendieron. El  maestro  pinta y pinta pero aún es un hombre pobre.
“Él es muy desprendido de su obra. A todo el que le cae bien le regala algo.

De hecho  sostiene a sus hijos y a sus nietos a punta de cuadros”, volvió el eco.

-Trabajo por encargo pero yo pongo las condiciones: me dan la idea pero pinto como me da la gana, la gente verá si me recibe o no….

A veces Vásquez levanta la  voz, se pone hierático, solemne, pero de inmediato esboza una nueva sonrisa que lo muestra tal cual vive la mayor parte de su tiempo:

-Me mantengo feliz…soy alegre porque no me voy a morir. Yo de llegarme a morir quisiera reencarnar en un niño pero volverme a morir rápido para reencarnar nuevamente: ser un niño perpetuo.

El maestro hace una pausa en su pintura, endereza su cuerpo y comenta sobre una máquina que un médico trajo a la ciudad hace un tiempo:

-Esa máquina le dice a uno cuánto durará. Mi esposa se metió: 74 años y pico. Mi papá: 111 y pico. Eso duró. Yo antes de hacerme ver de la máquina, llamé al médico Hernando Penagos, y me dijo los años que duraría.

Llamé  a otro, de esos que me conocen, que saben de qué me alimento. Se equivocaron todos los médicos en semana pero no en días: porque la máquina dijo que… (hace una pausa)…no iba a durar más de 250 años….

250 años, suena una eternidad. No son tantos para él que anhela vivir más de dos mil pues aún no se siente realizado y poder hacer algo que valga la pena:

…claro que en 5 mil millones de años no existiría la tierra.  Yo creo que la máquina se equivocó. Viviré más de 250 años. El promedio debe ser de mil años en adelante.

Por ello ahora que cumple 90 está tan radiante. Tan tranquilo.

-Nunca he pensado en mi muerte. Me van pasando los años…todos nos vamos muriendo. Yo voy pasando, los voy sintiendo… anhelo que un médico me inyecte para que dure  mil años más. Así quiero celebrar. Me entristece es tener que morirme tan ligero.

Muerte que no se nota. Que no está por ahí: salvo unas calaveras que esperan que él vuelva a ponerlas a reír:

-La muerte es la llave de oro que abre las puertas de la eternidad. Qué afán para terminar este cuadro.

 No tiene afán. Eso ha dicho. Eso ha mostrado. A sus 90 el maestro Vásquez parece no tener afanes. Sí certezas:

-Dejar de  pintar es como dejar de comer: Tenga la seguridad de que moriré con el pincel en la mano.

 

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