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Italia 90 queda aquí
Guillermo Zuluaga Ceballos
 
  
   
“Debe ser por el Mundial. Sí, porque en esos años eso sonaba por todo el mundo”. El funcionario municipal se rascaba la cabeza y volvía a clavar la mirada sobre un plano de la localidad. “Aunque viéndolo bien, es una tira alargada como el país. Sí, se parece a Italia”.

Samyower Higuita, empleado de la Alcaldía, intentaba explicarlo pero ni él lo tenía claro: en Peque, localidad donde trabaja, hay un sector que se llama Italia 90, pero ni él ni nadie parecer interesarse por conocer la razón de tan singular y pomposo bautizo. 

“No tengo idea a quién se le ocurrió. Simplemente cuando llegué de Medellín a trabajar aquí, decían que ´Italia 90’, y uno no decía nada”.

Peque está lejos de todas partes. No sé si su nombre sea apócope de Pequeño, pues es un minúsculo pueblo antioqueño, encajonado entre una cadena montañosa al norte de la cordillera Occidental colombiana.

Queda a 239 kilómetros de Medellín. Hasta allí se llega luego de dejar la vía hacia el Urabá antioqueño en el municipio de Uramita, cuando, tras cinco horas de viaje, el asfalto cambia por una estrecha carretera que se empina sobre la cordillera durante unas dos horas, para luego descender durante similar tiempo. La vía, aunque destapada, está en buenas condiciones, pero hay que dotarse de una gran dosis de paciencia, una columna vertebral y unos riñones a prueba de rigores. Los vehículos tienen que ir lento debido a los abismos y el terreno arisco. “Esta carretera fue hecha por la gente a punta de pica y pala”, dijo el conductor del bus mirando la angosta y curvosa serpie que se levantaba delante del parabrisas, y es fácil imaginar que ni siquiera las máquinas hubieran logrado equilibrarse sobre semejantes pendientes. 


De Peque supe por esa macabra cátedra de geografía en que se convirtió nuestro conflicto. Éste, como muchos pueblos, ha tenido que soportar los rigores de los grupos armados y no goza de buena reputación, por lo que sería de los últimos destinos a la hora de emprender un viaje por el departamento. 

Tan mala es la fama de este pueblo, que cuando los miembros de la Policía Nacional tienen fallas en su comportamiento, sus jefes los amenazan diciéndole que los trasladarán a Peque. Durante el viaje un pasajero le preguntó al conductor del bus por el orden público en la zona y éste como respuesta, soltó la cabrilla y se santiguó un par de veces mirando los montes tupidos de las montañas que se divisaban desde la vía. 

Pero a diferencia de lo que pudiera imaginarse es tranquilo y bastante custodiado por la fuerza pública. 

Peque es uno de los municipios más pobres de Antioquia. No tiene vías veredales y sólo posee una vía de comunicación, la que viene de Uramita y muere al llegar a la zona urbana. Los campesinos viajan a pie o en bestia desde las veredas y muchos se demoran ocho o diez horas, por lo que puede decirse que Peque queda lejos incluso para sus mismos pobladores. 

Rodeado de cerros -por lo que lo denominan “Verdadera capital de la Montaña”- alrededor de Peque hay siete cimas muy altas: al occidente, el Nudo de Paramillo, una de las máximas alturas de Antioquia, y lugar de recordación poco grata debido a algunos de sus huéspedes; Monteloro, El Silencio, Las Golondrinas, Alto El Popal, La Guevo y El Alto de Renegado, alturas que van de 2600 a 4000 metros. Estas diferencias climáticas posiblitan cultivos de fríjol y café y otros de autoconsumo, como plátano, caña, frutales, y a menor escala, la ganadería de doble uso, de lo que dependen sus 12 mil habitantes. 

En total son 392 kilómetros de montaña por lo que es uno de los municipios antioqueños mas quebrados. Al decir de algunos pobladores no hay dos hectáreas planas continuas en toda su geografía, lo cual ha imposibilitado la construcción de vías, y estos hechos han propiciado la presencia de grupos armados. 

Y allí, al final de este lejano, escondido y anodino pueblo, en el sector más alejado y periférico de la zona urbana, se encuentra el barrio Italia 90. Una prueba más de la globalización del fútbol, en una región olvidada, donde los habitantes en pleno siglo XXI, viajan a caballo, y donde, preocupados por sobrevivir, nunca les queda tiempo ni encuentran razones suficientes para preguntarse por un nombre.

Todo empezó con una quema

Italia 90 remite a lo internacional, a millones de personas, a fiesta. El Mundial de fútbol desde hace tiempo es un acontecimiento que ofrece deleite y ocio a la gran masa. Y se convierte en posibilidad de lucro, poder y reconocimiento para todos quienes estén relacionados con el más popular de los deportes.

Sin embargo, otra es la historia y otros hechos determinan la existencia de Italia 90 –la de Peque- y muy otras son las condiciones de vida de la población que la habita. Según el Jefe de Planeación Municipal, “Italia 90 es un asentamiento subnormal de 68 casas, donde sus habitantes no tienen títulos de los terrenos y viven en condiciones infrahumanas pues no hay saneamiento, ni acueducto, ni alcantarillado colectivo”. Agrega que además viven en constante peligro pues hay inestabilidad debido a fallas geológicas, imperceptibles a la vista humana, pero en continuo proceso.

A finales de la década de 1980 empezó a construirse una carretera que pretendía unir a Peque con Ituango, el último pueblo al norte de Antioquia y a su vez, con el limítrofe departamento de Cordoba. Ésta se comenzó por la franja oriental de la quebrada San Juan, y a pesar de que una de las preocupaciones de los pequenses ha sido la falta de vías hacia otros municipios, sólo se hizo hasta el corregimiento de Los Llanos. 

El buldózer empezó a desgarrar la montaña, en una de las salidas, detrás del municipio. A unos 200 metros abajo, desde la rivera de la quebrada, Rosalba Giraldo, una campesina pobre y sin marido, suspiraba viendo la máquina y añoraba poder irse a vivir más arriba, cerca de esa nueva obra, para estar más cerca del pueblo. 

Un día cualquiera se le cumplió el milagro. Sólo que no sucedió como en los acontecimientos bíblicos que tanto admiraba y esperaba. Ella tuvo mucha fe pero lo suyo, como ocurre casi siempre con los pobres y desvalidos, tuvo el sello de la desgracia, aunque para ella sigue siendo una bendición divina

“Cuando el buldozer venia rompiendo yo lloraba ese puntito-recuerda- y le pedía a Dios este plancito. Ah, yo nada tengo, me decía sola, y Dios me dio este permiso”.

Una tarde de 1989, se incendió el rancho donde vivía y ese trágico acontecimiento habría de convertirla en la primera habitante de ese sector que empezaba a abrirse en la periferia local.

Las cuentas de esta mujer analfabeta acerca de su llegada, son muy fáciles. “En mayo ajusto 17 años. Cuando eso ocurrió mi niño tenía 5 y ahora tiene 22”, calcula su instinto maternal, mientras yo recuerdo el año por ser la víspera de un gran evento deportivo. 

 
Nombre Mundial

Entre el 8 de junio y el 8 de julio de 1990 se celebró el Mundial Italia 90. La revista Semana días antes presagiaba esta cita orbital en su portada: “Maradona se juega la corona”. Se decía que aunque “se verá un duelo de tácticas”, Michel, Stojkovic, Van Basten, Valderrama y Careca, se erigirían como figuras, y se premonizaba que bajaría el promedio de goles respecto de otros mundiales. 

Según decía el semanario, el Mundial tenía una inversión de 2.5 billones de pesos y las boletas tendrían costos entre 14 mil y 183 mil pesos, cifras que aunque onerosas, no serían óbice y se garantizaba una asistencia de tres millones de espectadores. 

Un mes después, la revista destacaba que “con el promedio de anotaciones mas bajo de la historia, Italia 90 poco le aportó al Fútbol Mundial”, y reconocía que aunque primó la táctica defensiva, cada partido disputado le representó 200 millones de pesos a cada selección”. Era lo más trascendente: primaba lo económico.

Para los colombianos, lo más importante fue el regreso de nuestro Seleccionado a un mundial tras una espera de 28 años. La Selección demostró un juego reconocido como “elegante y efectivo”. Sin embargo, nuestras ilusiones se apagaron prontamente y sólo nos quedó en la memoria el empate 1-1 con el equipo alemán, a la postre campeón del torneo mundial. 

Es el acontecimiento que evoqué cuando oí acerca de otro Italia 90. A mediados de octubre de 2004, un grupo de periodistas conversaba sobre un viaje que hicieron a Peque, con el Gobernador donde “habían madrugado a trotar con él por Italia 90”. Se me enterró en la mente el singular nombre y una lluviosa tarde de marzo, luego de nueve largas horas de viaje, llegué a Peque, para enterarme de las condiciones de vida y de cómo se afronta tener tan pomposo bautizo.

A la mañana siguiente, como superara las molestias del viaje, llegué hasta Italia 90. El barrio, si se le pueda y se le deba llamar barrio, está al final de la calle San José, camino del corregimiento Los Llanos y conforma una de las cuatro zonas de la pequeña localidad.

Italia 90 goza de un ambiente totalmente campesino. Esta mañana el aire húmedo está matizado con el rumor de la quebrada que se ve en el abismo a unos 200 metros abajo, el sonido de las herraduras y el olor áspero del sudor de los caballos que traen campesinos y mercancías de los parajes rurales. A la vera del camino hay algunas matas de café, cactus, guaduas, árboles de matarratón, papayos, mientras las chicharras siguen felices emitiendo su ruidito metálico, celebrando estridentes una mañana calurosa, tras una larga noche de lluvias.

En el camino se observa mucha gente arreglando sus casas, cuidando jardines, arando pequeñas huertas al lado de las casitas, muchachos charlando desprevenidos, mientras otros campesinos llegan caminando o a caballo por la estrecha y destapada vía. 

Uno no sabe exactamente en qué momento ingresa a Italia 90. No hay nomenclatura, ni esquinas, ni calles ni carreras, solo unas casitas, la mayoría lacustres, zancudas, instaladas caprichosamente, robándole espacio por el frente al borde de la vía, y arañándole por atrás con sus estacas un lugarcito a la inclinada pendiente. 


La profesora Edilma David, me cuenta que la mayoría de sus habitantes es gente que vive en las veredas y durante la semana se van al campo a trabajar. Los sábados en la mañana hasta la tarde del domingo, las casitas cobran vida: en efecto, se sienten radios encendidos, aromas de comidas recién preparadas, niños que juguetean, y humo, mucho humo, saliendo por puertas y ventanas. 
 
A eso de las diez de la mañana, la gente está en sus labores cotidianas. En una de las primeras viviendas, don Raúl Antonio Usuga, en compañía de un vecino, revoca con cemento la tapia del frente de una vivienda. Sin embargo, interrumpe un momento para relatar su llegada y presencia en Italia 90.

“Compré aquí porque no tenía más dónde –empieza diciendo-. El rancho hay que conseguirlo como sea. En esa época valía siete u ocho millones ahorita una como ésta, once o doce. Era más barato que en el pueblo”. Cuando don Raúl dice “pueblo”, la palabra suena como si quedara muy lejano y no a la vuelta de la curva.

Cuenta que los primeros vecinos ya vendieron y que llegó a los dos años de la construcción de los primeros ranchos en la zona. 
 
“Compré inicialmente un bahareque hace catorce años a Ricardo Hernández, de La Guadua, y la he ido construyendo poquito a poco”. Don Raúl, como la mayoría, empezó con ranchitos de estantillos y barro pisado que han reformado, o que luego reemplazan con construcciones de adobe y cemento.

La casa tiene 12 metros cuadrados y está dividida en dos piezas, tiene luz eléctrica y se sirve de una goterita de agua que baja por la pendiente del otro lado de la vía, pero no tiene baños. “Las necesidades (fisiológicas) son al monte, al campo, no ha habido forma de servicios”, se queja. “Todo es de cuenta de nosotros, el Municipio no ayuda y no hemos sido capaces de ponérselo”.

A pesar de las condiciones, don Raúl vive en un sector que hace honor a un Mundial de Fútbol que se gastó 1.3 millones de dólares, unos 4 mil millones de pesos sólo en la adecuación del Palacio de los Deportes en Roma. Y aunque él no tiene ni idea de la razón del nombre, sólo con esos recursos se hubieran construido, a precio de 40 millones, 100 casas seguras y con todas las condiciones higiénicas.

“No sé por qué se llama así. En todo caso desde que caí se llama así”, dice como trancando una conversación sobre la que no está muy interesado. “Es que simplemente nos acostumbramos al nombre”. 

Y agrega poniéndose ceremonioso: “En cuestiones de juego no me gusta nada. Hábleme de materiales, o de un machete en un rastrojo, pica, pala, a eso le hago. Es mas, el juego es una cosita que hasta me fastidia. En mi niñez, en el corregimiento Lomitas (a seis horas) no se veía ninguna clase de juego”. 

El fútbol que para muchas comunidades hace parte de la cotidianeidad para este habitante de Italia 90 es motivo de asombro. Dice que en su niñez nunca supo que hubiera balompié y mucho menos se enteró de algún torneo o de un Mundial. “Nosotros algo estudiamos y en los días que no había estudio el juego de nosotros era trabajar. Ahora ya hay hasta equipos en la vereda”.

Es que el barrio fue conformándose en gran medida por humildes campesinos que su único contacto con el mundo es la radio, o las noticias que lentas llegan a mula hasta las veredas cuando alguien retorna del pueblo. La gran distancia que hay entre las veredas y la cabecera dificulta el acceso a los servicios, la educación y la salud, por lo que prefieren dejar esa vida rural y alejada y acomodarse así sea en condiciones precarias. 

Es, entre otros, el caso de Josefina Montoya, anciana de unos 60 años, quien vive desde hace 10 en el sector. Está sentada afuera, de un ranchito por donde sale mucho humo por la puerta, la ventana y se escurre por entre el tejado de cinc. Adentro de la construcción de unos seis metros cuadrados, una neblina parece invadirlo todo, a lo mejor sea por eso que los ojos de la señora lucen irritados y contrastan con su cabello cenizo.

Cuenta que antes vivía en una bodega al borde del camino, en la vereda San Juan del Renegado, a tres horas de Peque. “Le compré a Jorge Salas Mazo, a cambio de un muleto amansado que valía 500 mil pesos. Fue hace 10 años, desde eso estoy aquí. No lo podía dejar solo porque se robaban la madera”.
 
El rancho de doña Josefina tiene luz y agua. Adentro, alcanza a verse un fogón de leña, un catrecito, una vara suspendida del techo donde hay colgadas algunas ropas sencillas y herramienta para el campo. A un lado del catre hay varas de leña acomodadas. “Las pongo a secar para cuando necesito cocinar algo de afán”. Doña Josefina en estas últimas semanas de invierno ha sufrido mucho porque la madera mojada es muy difícil para calentarse y hacer sus oficios domésticos.

Comenta que cocinar con leña la enferma.“!Ave María! Imagínese. Me mantengo con gripa y el médico me lo prohíbe, pero como mi destino es asar arepas para vender, tengo que aguantar”, comenta con un hilito de voz. 

“Italia queda aquí”

Otra es la historia de Margarita Guzmán, quien discute al lado de la carretera porque los ocupantes de su casa no han pagado el servicio de parabólica. 

La vivienda es de adobe y de tejas de barro. Las paredes están encaladas y los zócalos son verdes claros. 

“Vivíamos en la vereda La Bastilla. Cuando se construyó la carretera quedaron partecitas donde se podía construir. Yo no era tan pobre pero tenía muchachos estudiando y nos dio una idea de venirnos de la finca, mi esposo construyó en bahareque y ya después construimos ésta en material. Hemos vivido como trece años, hasta hace poco que nos volvimos para una finca, pero aquí se quedaron los hijos”, dice.

Doña Margarita pudo mejorar su casa, como lo pensó inicialmente. Lo que nunca pensó es que viviría en una zona con nombre de mundial. “Será porque uno no se ocupa de esos juegos”, se pregunta, pues no le gusta el fútbol, al que considera algo “ocioso”.

Ella, como don Raúl y todos en la zona, no se ha preocupado por el nombre. “Hay mucho para hacer. Me gusta sí que los muchachos jueguen, que se entretengan, porque se alejan de vicios.” 

Tampoco sabe siquiera qué es un Mundial. Pero, acaso sabe doña Margarita, ¿dónde queda Italia? 

“Pues aquí. Italia 90 queda aquí”, dice y luego suelta una sonrisa entre inocente y pícara. Y remata: “Italia es éste, el que conocemos”.

Un  nombre para el barrio

Las palabras de doña Margarita reflejan la poca atención que en el pueblo le prestan al asunto del nombre. Resulta curioso que si bien es tan asociado a una práctica global y reconocida como el fútbol, son muy pocos los que se interesan y muchos incluso se ríen cuando comento el motivo de tan extenso viaje. Es que en este pueblo acostumbrado a las faenas para arrancarle el sustento a tan agrestes tierras, el fútbol es una extravagancia poco menos que importante. Seguramente eso han pensado quienes construyeron la cancha de fútbol municipal, alejada aproximadamente un kilómetro del casco urbano. Aunque bueno, también es imaginable lo difícil que fue construirla entre estas montañas. El terreno de juego está al fondo, mucho más al fondo que Peque, y debe haber sido mucha la tierra removida para poder robarle cien metros planos a esas empinadas y ariscas lomas. 

El sábado día en que en muchos pueblos se juega el campeonato municipal con la asistencia de público, en Peque solo alcanza a verse un puñado de chicos corretear tras un balón. No se nota gran afición por este deporte. A muchos, incluso, eso parece tenerlos sin cuidado. Les parece “el colmo” y les fastidia. “A mí no me gusta el fútbol. Me parece una cosa ridícula salir a que me den pata, no le veo fundamento”, dice don Aquilino Salas, un viejo amable que ha vivido 74 años en este pueblo y que merodea constantemente por el parque. Como esas, similares respuestas encontré durante mi permanencia en Peque. 

Sin embargo, don Aquilino da las pistas para entender el asunto del nombre del barrio –aunque bueno, tampoco es que sea tan difícil saber en honor a qué fue bautizado. ”Recuerdo que cuando hubo unos juegos de Italia con Colombia, no se con qué país fue, un señor le dio por ponerle ese nombre y como no hubo otro que propusiera o que se asimilara al hecho así se quedó”.

Quien propuso el nombre fue Vicente Cardona, uno de esos líderes espontáneos que germinan en los pueblos. Llegó a Peque como Administrador del hospital hace 24 años, pero desde hace cinco vive en Medellín y aunque Peque está anclado a su memoria, más nunca ha regresado. 

Don Vicente recuerda que al cabo de dos años de estar allí “montó” una heladería y luego una farmacia, con lo que se ganó la confianza de la gente que le contaba sus penurias en el campo, al punto que terminó de Concejal y Presidente del cabildo municipal.
Pero más allá de sus dotes como líder, a decir de don Aquilino, don Vicente tenía facilidad para los “bautizos”. “El ponía nombres de acuerdo a lo que la gente hacía. Su usted trabajaba con plantas, lo ponía Patarroyo, si una muchacha tenía cierto caminadito, la ponía Picaflor”.

Don Vicente sonríe cuando le comento la imagen que conservan de él, y de inmediato empieza a recordar aquel barrio con el que se vinculó desde sus inicios. “Cuando empezó la carretera iban armando ranchitos, me dio lástima y les dije que si le ponían entusiasmo les ayudaba”. Y Se organizaron en una junta que tuvo eco y respaldo del acalde popular Omar Valle. 

En esas primeras reuniones se pensó en el nombre, y por esas coincidencias de la vida, terminó con uno mundial. “La reunión fue en los días del partido Colombia-Alemania que quedó 1-1. Propuse Italia 90 y hubo quien dijera: Hombre, con mayor razón mire el resultado del partido. Bueno ya lo dijo Vicente y se quedó así”, comenta, un hombre quien a sus 55 años asocia sus recuerdos con el balompié.

“Ese partido me marcó –dice-. Ese empate llenó de júbilo a la gente. Allá lo vimos en televisión. Ahí mismo se me vino a la cabeza. Darío Martínez era profesor y dijo ese es el nombre, no busquemos más nada”.
 
Aunque dice que no conoce Italia “ni en sueños”, admite que el nombre lo dejaron porque él tenía acogida. “Y gracias a Dios, así quedó”, suspira este hincha declarado de los Diablos Rojos del América de Cali, el mismo que considera “un equipo europeo en los 80”.

Aunque le queda poco tiempo para disfrutar del fútbol, pues cada ocho días viaja a los pueblos con su negocio de medicina natural, curiosamente no ha querido regresar a Peque. “Tengo mucha amistad, entonces se requiere tiempo para conversar” dice con cierto conformismo.

Pero nada tan alejado de los derroches y de las cifras que maneja un Mundial, como es el barrio Italia 90. Según registros de la Administración Municipal, allí viven 195 personas agrupadas en 41 familias, todos del estrato 1, donde 74 miembros son menores de 12 años. Según contó Alba Nury Aguirre, Funcionaria Municipal, allí pululan la desnutrición, las diarreas, los parásitos y las enfermedades respiratorias.

Hace 16 años, la realización del Mundial Italia 90 dejó 100 millones de dólares, unos 260 mil millones de pesos, sólo por concepto de boletas de entrada, sin contar derechos de televisión ni patrocinios. En Italia 90, la de Peque, Antioquia, el agua que se consume no es tratada y ni siquiera es del acueducto municipal, 10 viviendas no tienen energía eléctrica y ninguna tiene red de alcantarillado.

Al frente de las casitas, o sea en el patio, o sea en la carretera, que es el patio de todas ellas, se ven gatos, gallinas, patos, perros, cerdos peludos, deambulando o retozando tranquilos. También se observa gran cantidad de excretas. Y muchas moscas, pues a falta de inodoros, los niños defecan tranquilos al lado de la vía.

Es que allí conviven la pobreza extrema, con la alegría, la angustia con la esperanza, la vejez con la juventud. Basta recorrer una casa para darse cuenta que, como en Colombia, debajo del mismo techo conviven tan opuestas realidades. 

Así queda claro tras visitar a doña Rosalba, la inspiradora de este asentamiento, quien me recibió afuera de su modesto rancho, separado un par de metros de otra casa de material. 


El primer rancho levantado en Italia 90, cuando aún no lo habían bautizado, está al lado de un amplio solar donde hay un lavadero y una pequeña huertecita contigua a la vivienda. Doña Rosalba ocupa una casa de material que construyó al lado del rancho,  aunque cuando habla parece que su corazón aún habitara el primero en el que tuvo techo. El mismo que aún está en pie y que ocupa con herramientas del campo, un par de camas y un humeante fogón de leña.
 
Diecisiete años después de tener “casa propia”, recuerda con claridad meridiana los difíciles motivos de su llegada. Doña Rosalba vivía con sus hijos al otro lado de la quebrada San Juan, en un rancho que compartía paredes con la casita de unos ancianos. “Yo jornaleaba -recuerda- y en las tardes me sentaba a pedirle a mi Dios, tengo mucha fe, que me ayudara a salirme de allá porque cuando mandaba a mis hijos para la escuela y se crecía la corriente, se me iban llorando”. También laten en su corazón las tardes invernosas cuando sus niños tenían que quedarse, del otro lado, donde la profesora Floremira, y aunque admite que le daba mucho vergüenza, agradece la solidaridad de la educadora.

Un día cualquiera tuvo premio su fe en el Señor. Pero a diferencia de las bendiciones bíblicas tuvo inicialmente el sello de la desgracia.

“Una tarde -narra- el viejito sacó brasas del fogón, las dejó prendidas y se quemó la casa de ellos y la mía. ¡Que vieran ese calor!, puso el maíz tostao, y los frisoles, los cocos, los azadones, todo en llamas… del calor todo se volvió una miel. Todo echando chispas. Nos quedamos sólo con lo que teníamos encima, las meras mechitas, lo más feitas por cierto”. 

Tiene 58 años aunque no los aparenta, su rostro mestizo, como el de la mayoría de los pobladores, no está muy cuarteado y su cuerpo es robusto y derecho.

“Cuando me vi sin casa pedí limosna –sigue diciendo-. Duré un mes sin techo, llovía y nos escampábamos debajo de un plástico. Cuando eso mamá dijo ‘a esta muchacha hay que hacerle el ranchito’. Me invitó para su casa y yo no me quise ir, pues aquí nací y aquí termino mis días”. 

Recuerda que mientras el buldozer venía rompiendo, a unos cincuenta metros, ella lloraba a Dios donde levantar el rancho. “Entonces me vine para el lado de la vía, y la familia cuando me vio debajo de un plástico, se fue para la playa de la quebrada por materiales”. Doña Rosalba recuerda que vinieron parientes desde las veredas del Abra, de Popal, los de las Faldas y se hizo un convite de al menos 50 personas. “Unos embarrando, otro clavaban estantillos, otros amarraban madera, después poniendo pedacitos de cinc, para el techo”. 

Acostumbrada al trabajo, ella también se remangó la blusa y empezó a hacer huecos, a atizar el fogón con la olla, o a asar arepas, “porque la gente conforme trajo herramienta trajo comida para hacer”, abre los ojos.“! Eso fue mucho convite!”.

Como levantaran el rancho, muchas personas conocedoras de su pobreza, se sumaron. Don Jesús Valle, dueño de una cafetería le trajo pedazos de alambre de púa y le habló con naturalidad. “Encerrá para que te quede larguito el tramo, me dijo, para que cuando salgas a hacer una diligencia (fisiológica) la gente no te vea”.
 
Después, sigue su historia, llegó el sacerdote Lorenzo y le llevó otros pedacitos de alambre más buenos. “Y la mujer en casa hoy”, suspira mirando su rancho de tapias desnudas.

Es la misma construcción que invita humildemente a conocer. “Todo es muy feito”, se ríe burlona y señala al interior un fogón de gas, otro de leña y la cama donde duerme con un nieto. El humo invade todo el ambiente. “El hijo me dice que no cocine tanto con leña, pero yo necesito para cocinar el frisol y asar las arepas”.

Doña Rosalba me muestra las manos fuertes y callosas como de ordeñadora y agarra un azadón grande que mantiene detrás de la puerta de madera. “Yo vivo jornaleando”, continúa diciendo firme y con cierto orgullo. “Ahora les toca a los muchachos jornalear pa’ yudarme. Pa’ hablarle la verdad, aquí cada quien tiene que rebuscarse sus cosas, si necesita un cuadro de jabón tiene que ver cómo hace pa´ir a comprarlo allá al pueblito”. Al igual que don Raúl, ella también delata la lejanía en la que sienten a su pueblo – símbolo al fín del Estado Colombiano-pese a que éste queda del otro ladito de la montaña. 

Dice que en Italia 90 nadie se mete con nadie y no se refiere precisamente a la familia sino a la desunión del barrio. Comenta que hay Junta de Acción Comunal pero es muy abandonada. “He necesitado quitarle el techito a la cocina, echarle un pisito y no ha habido ayuda”. Pero como termina de pronunciarlo, inmediatamente agrega como disculpándose, que el alcalde les da jornal a sus hijos; a la nuera, viuda de su hijo, la colocó como barrendera de la Alcaldía y va a ayudarle a terminar la casa. “No te aflijas hermanita que cualquier día te voy a ayudar con el cemento para que echés el piso y no sigas sufriendo. Poné tus hijas que estén alerta y cuando llegue el material me recuerden”, le ha dicho.

“Bueno –flexiona la voz- también engordo un marranito con aguamasa que me dan en Peque y así he ido haciendo el zócalo, la acera y le puse el cinc”. 

Mientras conversamos, uno de los niños se le mete juguetón entre la falda, doña Rosalba lo empuja con cariño, y como si algo le estorbara por dentro, cuenta que en Andes, Antioquia le mataron al hijo que más le ayudaba. “Por allá jornaleaba el mayor y me giraba platica, pa yo criar esos otros muchachos”, dice y señala unos niños que han estado pendientes de la cámara fotográfica y me cuenta que son sus nietos huérfanos. ”Vivo con cuatro que son mis compañeritos”. 

Doña Rosalba hace una pausa en su relato, mira alrededor y enfatiza que “todas esas tierras hasta donde la vista alcanza son de Pacho Guerra”, padre del dirigente Liberal, Bernardo Guerra Serna, a quien le había jornaleado durante mucho tiempo.

Admite que estos ranchitos sirvieron mucho en “la violencia para que la gente se arrimara”. Se refiere al desplazamiento de 2001, cuando los paramilitares hicieron desalojar todas las veredas, época en la que muchos campesinos llegaron a Italia 90, armaron su rancho y nunca regresaron. El conflicto armado ha ayudado a cimentar este sector, pero parece haber un acuerdo tácito de los habitantes para no mencionar el tema y lo que queda son pequeños retazos de aquella historia.

“También nos tocó salir un día y dejar las gallinitas porque en Italia 90, cuando empezó tropa por un lado y por el otro, los paramilitares nos dijeron que mejor nos fuéramos. A mí no me gusta hablar de eso”. Cuando se observan a los críos huérfanos se entiende por qué no desea hablar.

Italia No Futuro
 
La gente ama ese sector y parece que está más anclado de lo que puede imaginarse. Antes que los paramilitares ordenaran la salida, ya lo habían hecho las autoridades municipales. En 1994 se hicieron estudios donde se determinó que no se podía construir allí. En 1998 se hizo un programa de reubicación y se trasladaron 30 familias con las cuales se conformó el barrio La Miranda. 

Este proceso fracasó, pues no se hizo un proyecto integral de concientización por lo que Italia 90 fue repoblado de nuevo y ahora hay más gente que en el 98. En el 2004 la Administración Municipal comenzó algunos mejoramientos de vivienda pero el DAPARD (Departamento Administrativo de Prevención y Atención de Desastres de Antioquia), recomendó no hacerlo ni construir allí, debido a fallas geológicas e inestabilidad del terreno. Este asunto explica por qué a los vecinos del barrio no les llegan ayudas oficiales.

Sin embargo, los habitantes no dejan sus pequeñas parcelas que consideran muy productivas para la ganadería y la agricultura. Campesinos al fin y al cabo tienen vínculos que los amarra más fuerte a la tierra y que no alcanzan a percibirse o a entenderse desde afuera.

Doña Rosalba se siente feliz en su rancho y aún recuerda que al terminar, algunos se acercaron a decirle que ella iba a dar ánimos a otros más pobres. Y no se equivocaron. La casita queda a un kilómetro del pueblo y cuando ella terminó empezaron a llegar otros, y otros, y prontamente se pobló la zona de casitas de bahareque. Desde entonces el sector empezó a poblarse de nombres, de sueños, de memorias, pues llegó Marta Valle, Luz Mila Castro, Rosalía Higuita, Donaido Valle, Teresa López, Miro Agudelo, quienes se arrimaban desde veredas muy lejanas, desde Guayabal del Pená, desde Lomas del Sauce, San Julián, Barbacoas, Lomitas, todos trayendo sueños y corotos. Desde entonces Italia 90, con sus casitas de techos de cinc, sin acueductos ni alcantarillado, empezó a hacer parte de la vida de este municipio. 

Le recuerdo a doña Rosalba el riesgo de la zona y contrario a lo que dicen que “la fe mueve montañas”, ella piensa lo contrario. “Sí, ese cuento de la reubicación lo han tenido pero yo tengo fe y 58 años y digo: cómo la tierra no se ha ido; la fe en Dios es la que manda. Vea que cuando pequeñita, veía que se caían barrancos, pero esto sigue”. 

Otros, echando mano de la experiencia y de un conocimiento del Estado Colombiano paquidérmico y olvidado de las periferias, simplemente levantan los hombros. “Eso no lo sabe sino mi Dios. En ese bololoy de que van a reubicar están desde que llegué. Cuando viví en el ranchito de bareque tenía que ponerle un toldo de plástico encima a la cama y hasta los estantillos se iban falda abajo, y dijeron que nos iban a reubicar. Pero pensé: si nos quedamos esperando nos vamos a morir y entonces mejor empecé a arreglar y aquí estoy”, narra don Raúl, con el tono de quien ha observado por años la ausencia del Estado.


Italia 90 carece de servicios públicos, pues la Administración, aunque quisiera, no puede invertir. “Desde el concepto de Planificación Italia 90 no tiene futuro, nosotros no podemos tener ‘Derechos solidarios’. Hay que sacarlos porque si ocurre algo, Dios no lo quiera, el municipio tendría que responder”, explicó un funcionario municipal.

Le pregunto a doña Rosalba si se iría y la respuesta es bastante predecible y habla como si el asunto no fuera con ella. “Yo no le veo pa onde… Pa La Miranda no. Le digo por qué, porque mi Dios ha sido bueno conmigo y pude tener aquí mi parcelita”.

Por lo que no tiene mucha conciencia ni mucho apego es por el nombre del sector y cuando surge la pregunta, sólo atina a una risotada larga: 

“No séeee”- dice aún dibujando surcos de alegría en su rostro. Y agrega como remachando todo para no dar pie a más preguntas al respecto: “Hubo una reunión, se nombró una junta, se puso ese nombre. Y Ninguno se opuso. Nadie se preguntó nada. Nadie hizo exigencias”.

Tampoco tiene la menor idea de qué es Italia 90. “Yo no sé, yo no sé, yo no sé que es Italia 90. Yo no sé”…. Se ríe y se queda un rato, “sin saber”. Parece irse por un momento y luego cuando reacciona comenta:

“Decía mi hijo estos días que es un lugar que queda por allá muy lejos”. 

Si bien muchos mayores ni se interesan por el nombre y menos por el fútbol, los niños gracias a la globalización seguramente sí tendrán muchos nombres relacionados con el balompié y más razones para querer su sector. Ellos son el futuro. Esa tarde caminé hasta las últimas casitas que se alargan al lado de la vía. Conmigo salieron los nietos de doña Rosalba, y uno de ellos, de pies descalzos, ropitas humildes, y carita mestiza y sucia, se presentó gustoso: 
 
“Me llamo Camilo Hurtado Chancí, tengo 8 años, estoy en grado tercero. Yo no sé por qué el barrio se llama así porque en esa época yo no existía. Me amaño en Italia jugando por todo esto, chucha, escondidijo, Nos montamos en los árboles. También me gusta el fulbol y soy de Nacional, un equipo que siempre es bueno. Y jugamos fulbol cuando conseguimos un balón prestado.”

Sí. Por esas paradojas de la vida, en esta Italia 90, se juega con balón prestado. 


Abril de 2006
Texto publicado inicialmente  en la Revista Universidad de Antioquia y en el libro Campo de Juego (Hombre Nuevo Editores, 2011)

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