historias / crónicas
Camas Vacias

Juan Sebastian Gómez estudiante de Comunicación Social EAFIT
  Camas Vacias

Ilustraciones: Jorge Alonso Zapata

Ella se levanta de la cama que comparte con él. Las piernas largas que hasta ahora habían descansado bajo la cálida blancura de las sábanas, se escurren sobre el borde y caen pesadamente al suelo. Los pies pálidos comienzan a hincharse de sangre a medida que las fibras de los músculos se tensionan y sostienen el peso de aquel cuerpo de ciento ochenta y cinco centímetros. Camina con pasos fuertes hasta el baño. Los senos apretados estiran su camisón desde adentro. Se baña. Lava cada rincón cuidadosamente. Una vez llevando un corto vestido de rayas, habiendo convertido la espalda ancha en dos líneas sinuosas que la recorren verticalmente hasta la cadera, se mira al espejo. Este cuerpo es suyo, le pertenece sólo a ella. A pesar de los invitados que por momentos breves llegan a explorarlo, a estropearlo, a conocerlo, a evaluarlo, como olas que sacuden la arena sobre la playa, llegan y se van, este cuerpo tiene una sola dueña. Es su firma, la expresión más honesta de lo que crece por dentro, la marca de sus deseos, de los deseos de otros, el tesoro más preciado que sin duda se perderá en el tiempo. Arregla su cabello negro y se pinta la cara con una mezcla de pomadas que la hacen ver limpia y confiada. Las cejas, atentamente coloreadas de negro, contrastan con el amarillo apagado de la frente, las mejillas y el mentón. Los labios rosados y ligeramente separados esconden debajo de ese beso a medio formar una línea de dientes traslúcidos con pequeñas costras de labial. Rocía el espacio ondulado entre el cuello y la esquina fuerte de la quijada con un poco de perfume.

Su novio ya salió a trabajar. Mira su cama, la cama que los recibió a ambos. Vacía. Otra cama en algún lugar está siendo llenada por alguien. Ella sale. Todavía faltan unas horas para el medio día, pero el trabajo la espera. En el camino se encuentra con Dulce, y juntas van al Parque de Bolívar en Medellín. Las calles que rodean el parque están ocupadas por restaurantes, locales comerciales y pequeños hoteles. Habitaciones de una sola cama. Las dos dejan de caminar y, paradas, alargan la mirada de esquina a esquina en busca de algún alma solitaria.

Yvonne. Así se llama la dueña de este cuerpo. El nombre que desde sus primeros años fue creciendo desde adentro y quemándolo todo, hasta convertirlo en algo distinto; algo que muchos verían como la antítesis de lo que debía ser. Yvonne, mujer amante, mujer construida, mujer deseada, mujer odiada.

Como la mayoría de sus compañeras de la zona, Yvonne se comporta con seguridad mientras adopta una postura que flota entre la seducción y la hostilidad. Los ojos que recorren el espacio a su alrededor, son rápidos. Se detienen sólo donde es necesario, allí donde surgen clientes, y también, donde surgen amenazas. Cada tanto, Yvonne se asegura de retocarse la boca con el labial rosado que lleva en el bolso. La expresión de su cara es seria, casi dura. Esta actitud no es gratuita. Nada en el comportamiento de estas mujeres es ejecutado sin pensar. Las reglas puestas por la autoridad invisible que les permite trabajar allí, las condicionan. También lo hace la experiencia, las historias de violencia que las han marcado en el pasado.

Si bien Yvonne creció en un ambiente familiar relativamente cálido, en el que fue recibida con amor, no siempre la tuvo fácil. A los catorce años, cuando decidió compartir su verdad y pronunciar por primera vez el deseo de convertirse en mujer, no hubo nadie en su casa que la hubiera atacado. La revelación para ese momento era poco sorpresiva. Sin embargo, una vez fue materializándose su sueño, el desdén hacia ella también se volvía más real y directo. Su secreto, hasta ahora oculto para los que no la conocían, comenzaba a salir desnudo, a envolverla entera y a manifestarse sobre cada extensión de piel, sobre cada movimiento. Si los años que Yvonne había vivido como hombre no la prepararon emocionalmente para la ferocidad masculina de la sociedad en la que nació, los que vendrían a partir de ese momento sin duda le endurecerían la piel. “Uno sí recibe mucha discriminación y maltrato, pero uno también sabe que eso es entendible. Hay gente que simplemente no lo acepta a uno como es. De todas formas si alguien lo va a violentar a uno físicamente, uno se defiende”.

La desaprobación que la rodea como un fantasma no es selectiva en cuanto a sus apariciones. Salir al espacio público representa para Yvonne y para las mujeres como ella, un desafío a veces tácito y escondido, y otras, violentamente explícito. Algunos restaurantes, discotecas, y también hoteles le reúsan el servicio sin ninguna razón más que su feminidad. La excluyen porque es. Bajo la supuesta blancura de la mirada de las personas, ella se convierte en una mancha negra, deja de ser conciudadana, deja de ser sujeto de derechos, no es más una hija de Dios, una persona; en algún lugar se perdió su humanidad y ahora sólo queda un saco de músculos y huesos desperdiciados, carne al borde de la putrefacción, merecedora de todo castigo a razón de sus lamentables elecciones inmorales.

Pero para Yvonne no todo es miseria. Ella más que nadie sabe encontrar belleza en lugares ocultos. Trabajar con materiales menos que ideales y crear, construir posibilidades. Entre sus logros, los que la mantienen arraigada a esta tierra llena de amenazas, está la relación de seis años que tiene con su novio Fabián. Más de media década de amor y convivencia juntos, en la que existen sacrificios como en cualquier otra unión. “Yo desde el principio le dejé claro que si íbamos a estar juntos, yo iba a seguir trabajando en esto porque para mí sí es muy importante tener mi propia plata y no depender siempre de él”, aclara Yvonne con esa fuerza femenina típica de su región.

Por otro lado, si bien Yvonne reconoce ciertos avances culturales respecto a la discriminación, y celebra las decisiones de la Corte Constitucional en cuanto a la oficialización del matrimonio homosexual y a la adopción por parejas del mismo sexo, esos caminos no son opciones que ella quisiera tomar. “Uy, a mí no me gustan los niños, eso para mí no es. Yo no tengo ningún plan de formalizar nada, yo estoy feliz con una unión libre”.

Libre. ¿Cuánta libertad ha tenido Yvonne realmente? ¿Cuánta libertad ha tenido sus uniones?

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Prestarse por un precio

Ella comienza a hablar con alguien interesado; un hombre. Coquetea. Caminan juntos hacia un hotel. Los tacones que soportan las piernas blancas y estiradas, alargan su figura por encima de la cabeza de su compañero. Se mueve elegantemente, sus curvas trazando líneas sensuales en el aire. Los pasos que llegan decididos al pavimento demuestran el control y la familiaridad que tiene con los zapatos y con aquel vestido que se ciñe estrechamente al cuerpo. Su cliente es caballeroso pero no demasiado afectuoso. Es serio, se mueve con actitud un poco aprehensiva. Yvonne reconoce la mirada habitual del hombre discreto que no quiere ser visto. Hacen los trámites necesarios en la recepción, reciben las llaves del cuarto y suben juntos las escaleras. El hombre estira ambos brazos cubiertos por una chaqueta negra y envuelve la perilla de la puerta con la mano izquierda mientras la derecha se acerca a la cerradura con la llave. Abre el cuarto y se hace a un lado para dejar pasar a Yvonne que sostiene su bolso con el brazo en forma de v.


Ella camina y observa el pequeño cuarto. Él se queda cerrando la puerta. Está detrás de ella. La cama en el centro está vacía. Yvonne ha hecho esto durante años; se ha parado en la calle presentándose de la mejor manera, ofreciendo su cuerpo, su compañía momentánea. Ella se ha prestado a los deseos de otros a cambio de un precio. La vida la ha llevado a revestir cada parte de su cuerpo de sexualidad, de una promesa. Sabe lo que debe ocurrir. Observa la cama bien tendida, simple, lista para ser ocupada. Está vacía como debe estar la suya en este momento; una cama como la suya con sábanas blancas, colchón para dos personas y un par de almohadas; una cama que es, al mismo tiempo, completamente distinta a la suya. Esta es desconocida y la debe compartir con él. Con un él distinto. Alguien que la espera, que está detrás de ella. Hay ciertas reglas. ¿Cuánta libertad ha tenido Yvonne realmente? ¿Cuánta libertad han tenido sus uniones? La actitud de Yvonne no es gratuita, nada en su comportamiento es ejecutado sin pensar. Ella observa la cama vacía y sabe, sabe profundamente, que hay ciertas reglas que se deben cumplir; las reglas impuestas por la experiencia, por las historias de actos violentos. El hombre está detrás de ella.

Yvonne recuerda.

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Antes de que el puñal marcara la piel y la hoja metálica quedara envuelta en el eco húmedo de los pulmones, antes de que la sangre tibia acariciara las rayas uniformes de su vestido, ella recuerda. Yvonne da media vuelta y se abalanza sobre aquel hombre mientras reúne toda la desesperación por vivir. Canaliza su fuerza y pelea por salir de aquel cuarto. El velo de sensualidad queda relegado, dejado a un lado. Ahora la agresividad, la necesidad de protección propia bulle como lava y la recubre en sudor y adrenalina. Con puños y patadas, Yvonne escapa. Una vez afuera, en un lugar seguro, reflexiona. Se da cuenta de que la rabia que siente hacia él es equiparable a la que siente consigo misma. ¿Por qué se permitió olvidar, por qué no estuvo atenta?: “nunca le des la espalda al hombre en el cuarto. Nunca”.

Como Yvonne hay muchas otras mujeres transgénero y personas de la comunidad LGBT que son violentadas o asesinadas en Medellín cada año. El recién fundado Observatorio LGBT de Medellín, publicó el 17 de mayo el primer boletín sobre derechos humanos de las personas LGBT de la ciudad, entre los meses de enero y abril del 2017. De los trece casos registrados hasta ahora, siete “tienen que ver con violencia homicida o con violencias físicas que comprometieron la vida y la integridad personal de estas víctimas”.

Los asesinatos de al menos dos mujeres trans han sido confirmados por las autoridades este año. Entre tres y cuatro mujeres transgénero han reportado ser víctimas de agresiones físicas y de discriminación no sólo por parte de civiles y grupos armados ilegales sino también por parte de la fuerza pública. Una de ellas perdió un ojo. Los policías, argumentando que buscan establecer el orden en lugares que son frecuentados por trabajadoras sexuales, las desalojan y las hostigan física y verbalmente. Por su parte, el Observatorio ha hecho hincapié en la falta de regulación del trabajo sexual en Colombia, arguyendo que en la sentencia de T-594 de 2016 de la Corte Constitucional, el tribunal le ordena a “a la Policía abstenerse de utilizar la política de recuperación del espacio público para limitar el derecho a la libre circulación de las personas”.

Al mismo tiempo, Yvonne también ha sido víctima de una discriminación mucho más sutil, grabada en las hendiduras de la cultura colombiana. La exclusión que la persigue desde cada rincón de la sociedad cierra sus oportunidades de desarrollo. Tanto laboral como personalmente, parte de las decisiones de Yvonne han sido tomadas a partir de las circunstancias que la rodean. Según Matilda González, una abogada y activista trans de Colombia, en promedio las mujeres transgénero en América Latina no viven por encima de los treinta y cinco años. Esto se debe a la exclusión social que se ejerce sobre aquel grupo minoritario que es condenado a vivir en condiciones altas de pobreza y violencia física. Al limitar las oportunidades laborales y de estudio de este grupo de mujeres, muchas deciden desarrollarse e independizarse de sus núcleos familiares a partir del trabajo sexual, el cual surge generalmente en espacios físicos compartidos con sistemas ilegales de venta de drogas y mafias.

Yvonne también tiene otro soporte que la ayuda a lidiar con la vida. A diferencia de lo que muchos dicen de él, ella cree honestamente que su amor es infinito. No hay razón por la que su condición humana deba privarla de los beneficios de aquella relación divina.

La Iglesia Católica, por su parte, piensa lo mismo; al menos oficialmente. Uno de los sacerdotes locales, Luis Eduardo Gómez, asegura que la posición actual de su institución es la de acogida y protección a todas las personas. Las opiniones de la Iglesia se basan en tres realidades: la tradición (de los discípulos de los discípulos de Jesús), la escritura, y el magisterio (los obispos y el Papa). El Papa es, según Luis Eduardo, el encargado de refrescar estas interpretaciones religiosas y adaptar algunas prácticas históricas a las exigencias sociales contemporáneas. El Papa Francisco es, en últimas, el norte moral de todos los creyentes católicos. El mismo Papa que declara que ninguna persona, y mucho menos la Iglesia, está en posición de juzgar o discriminar a los homosexuales e individuos con identidades de género distintas; como dice él, cada persona es digna de respeto, acogimiento y amor por su condición humana, por ser hija de Dios.

Es domingo e Yvonne se arregla. Quiere ir a misa. Habla con Dulce para que la acompañe. Quiere cumplir con su deber como creyente, quiere hacer parte del rito católico, afirmar su relación con Dios. Las dos van maquilladas, bien arregladas. Están dispuestas a recibir la palabra divina. Llegan y pasan el gran umbral con puertas abiertas de la entrada de la parroquia. La congregación las observa. Murmullos, ojos furtivos, cuellos que se doblan y desdoblan como resortes estirados. Las paredes se vuelven más pequeñas, el aire pesado con incienso apenas llega; parece que no hay ningún rincón solo, alejado de las miradas que como alfileres las clavan sobre las sillas. Finalmente, las conversaciones apagadas cesan por completo, y el sacerdote comienza la eucaristía. Yvonne está lista. Quiere recibirlo, escuchar la sabiduría, encontrar esperanza, sentir la tranquilidad espiritual de su fe. Mira al sacerdote. Está lista para abrirse, para dejarse llenar con la luz de esos ojos compasivos, para obtener lo que le fue prometido. El sacerdote la mira a ella, luego a Dulce. “Hermanos,” dice y comienza el sermón. Sólo toma unos minutos. El corazón de Yvonne se arruga y muere un poco más. Incluso aquí, en el lugar que dice construir sus pilares sobre el perdón, la fe y el amor; incluso aquí, le hacen saber que ella no cabe. “Yo sí soy católica y soy practicante, pero voy a misa como una vez al año. Siempre que uno va, el sacerdote empieza a hablar sobre la importancia de las relaciones entre hombre y mujer, sobre el pecado de la homosexualidad”.

Yvonne. ¿Qué espacio le queda? Yvonne, mujer amante, mujer construida, mujer deseada, mujer odiada. ¿Qué espacio le queda si sólo la ven como un eco olvidado, como una huella sobre sábanas blancas, como el bulto que por unos minutos llenará aquellas camas vacías?

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