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Los milagros de un santo sin chanclas
Javier Arboleda García
 

Los milagros de un santo sin chanclas 

Foto: Donaldo Zuluaga

   

El padre Antún Ramos Cuesta sabe de milagros, no porque los pregone sino porque los vivió y los vivió en medio de la estampida, de la muerte, del infierno hecho pedazos en las miles de esquilas que mataron a 118 personas, ese mediodía del 2 de mayo de 2002, cuando una pipeta de gas, rellena de metralla y pólvora, entró por el techo y explotó en pleno altar, muy cerca de él, donde organizaba a las 300 personas apiladas en el templo católico San Pablo Apóstol para aguantar el combate que, desde el día anterior, habían emprendido los paramilitares del bloque Élmer Cárdenas, de las autodefensas, y los guerrilleros de las Farc.

El primer milagro le sobrevino el 21 de abril de ese año, cuando 40 embarcaciones, atiborradas con 400 hombres, vestidos de camuflado y con todo tipo de armamento, atracaron en el lodazal que Bojayá tenía como puerto. Al verlos, se arrimó, como creyó era su papel, para reclamar por su presencia, pues la consideraba un riesgo ante la proximidad de los insurgente.

Cuando se dirigió a quien consideraba el jefe, un subalterno esgrimió un machete y, en el momento en que estuvo a punto de llegarle al cuello, una voz de mando interrumpió la fuerza de esa mano. Esa misma voz le dijo: "padrecito, váyase que el asunto no es con usted". Los días posteriores, este negro, con físico de basquetbolista, ojos color miel y manos tan largas que parecen colgarle, no pudo convencer a los paramilitares de que se alejaran del caserío al que estaban convirtiendo en la mortadela del sánduche.

Sus palabras poco importaron y, como amos de una tierra que querían para ellos, los "paras" se regaron por todo el pueblo, mientras ese pueblo, temeroso, se refugió en las únicas edificaciones que consideraba lo podía proteger del cruce de fuego. Allí, apretujadas y bajo la batuta del padre Antún, unas 300 personas esperaron que pasara el aguacero que caía del cielo y el de balas que venía por ambos costados.


Las autodefensas se arrimaron a la iglesia para pedir la protección de varios heridos, pero el sacerdote fue el primero en negarse, aunque de poco sirvió, porque minutos después todos o, al menos quienes quedaron vivos, tuvieron que salir despavoridos en medio de una nube de polvo y esquirlas... Tras la explosión, ocurrió el segundo milagro: la onda expansiva tiró lejos al sacerdote y a todos los que estaban allí, pero el quedó atrapado entre decenas de cuerpos, con una herida en la frente y descalzo. Estaba cerca del altar y, para salir, tenía que pasar por un sendero atiborrado de esquirlas, vidrios, pedazos de tejas y, obvio, cadáveres.

"Vi a una persona que venía hacia mi... sin cabeza" (puede ser, por la inercia o por la impresión), pero se miró los pies y le pareció imposible la misión, así que entre ese paisaje, gris y desolado, contaminado de sangre y pólvora, aparecieron unos pies grandes, a los que les quitó las sandalias. Se las probó y, en efecto, confirmó que eran número 46.

Muchos salieron por la parte trasera del templo, hacia unos manglares y, entre unas cien personas que huyeron, observó que un endeble muchacho, de apenas 50 kilos, cagaba en su espalda a una señora, de unos 120 kilos, a quien le colgaba su rodilla.

En una pequeña colina se reunieron todos y, allí, ocurrió el tercer milagro: el padre Antún cogió un palo, le amarró una toalla blanca, rota y mojada, y dio la primera instrucción: "Yo grito: quiénes somos" y ellos tenía que responder: "la población civil". Luego el replicaría: "qué pedimos" y, en coro, todos gritarían: "que nos respeten la vida"... Así fue y ese coro silenció los fusiles durante algunos minutos y, en procesión, esos 120 sobrevivientes alcanzaron el muelle, de donde partieron, con sus heridos, rumbo a Vigía del Fuerte, 5 kilómetros, río abajo...

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